Opinión |20 Sep 2012 - 11:00 pm
¡Que primero negocien los machos!
Por: Patricia Lara Salive
¡Las mujeres no estamos hechas para la guerra! Nuestra esencia es contraria a ella: nosotras somos dadoras de vida.
Siempre he creído que a quienes hemos parido la vida y experimentado ese estado sublime de la maternidad, esa sensación de movernos en un nirvana de vida que dura un buen tiempo luego de haber sentido desnudo, sobre nuestro pecho, a ese hijo aún atado a nosotras por el cordón umbilical, nos queda muy difícil matar con nuestras manos.
Excepciones hay, ¡por supuesto! ¡Y muchas! Pero la proporción de mujeres guerreras es baja, no llega a la cuarta parte. Y la mayoría está relegada por los machos a desempeñar funciones secundarias: cocinarles a ellos, atenderlos, servirles sexualmente, y hasta lavarles los pies, como hacía Sandra con Tirofijo, mostrada ahora en La Habana como representante de su espíritu en las negociaciones de paz... Pero entre los negociadores no la incluyen. Como el Gobierno tampoco incluye a mujeres.
Contrariamente a lo que piensan mis amigas feministas, creo que hasta razón tienen, por lo menos de no hacerlas intervenir en esta primera etapa en la que son los machos los que tienen que decirse: “Señores enemigos: ya sembramos tanto dolor, tanto resentimiento, tanto odio, tanta pobreza, tanta ruina, ya destruimos tantas familias, ya nos matamos tanto, ya dejamos tantas viudas, tantos huérfanos, ya regamos el camino con tan incontables fosas repletas de cadáveres, que ya decimos ¡basta!, no damos más, ya nos agotamos, ya queremos detener la muerte, ahora nos comprometemos a vivir... Y a dejar vivir”.
Entonces sí, cuando el hastío de la muerte los haya llevado a decidir parar la parca y comprometerse con la vida, las mujeres tenemos que ser incluidas en las negociaciones, y no con una simple cuota, sino en igual proporción que ellos o incluso mayor... Porque es en ese instante, al hablar del final del conflicto, de las garantías para la participación ciudadana, de los derechos de las víctimas, cuando va a empezar a sembrarse la paz... Y ahí es indispensable el aporte de la inteligencia, la percepción de la realidad y la sabiduría femeninas... Es que las víctimas principales de esta guerra hecha por hombres hemos sido precisamente las mujeres, si es que nos atenemos a la estadística: casi el 80% de los desplazados lo componen mujeres, y ancianos y niños cargados sobre sus espaldas. Y es a las mujeres a quienes nos corresponde la batuta de arraigar la paz... Y es entonces cuando tenemos que armarnos de todo el valor para decirles: “¡Queridos hombres, no más! ¡No más maltrato para nosotras ni para nuestros hijos, no más violencia en la casa ni fuera de ella, no más irrespeto, no más engaño, no más mentiras, no más exigencias de lo que ustedes no nos dan, no más sexo a la fuerza!”.
Es más, así nos muramos de ganas, también tendríamos que decirles, como hicieron en la obra de Aristófanes, Lisístrata y las otras mujeres de Grecia, que de ese modo pararon la guerra del Peloponeso: “Queridos, tampoco tendrán más sexo a las buenas, si ustedes no detienen la guerra de verdad”.
Es que las mujeres también hemos sido culpables de la guerra: muchas (esposas, amantes, madres, hijas), les hemos tolerado la guerra a los machos, los hemos ensalzado, hemos sido sus cómplices... E incluso, muchas hasta se han lucrado con ella...
¡Aprendamos a decir: no más!
Entonces sí florecerán el amor y la vida...
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Patricia Lara Salive | Elespectador.com
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