Opinión |22 Sep 2012 - 11:00 pm
El trabajo y el futuro (II)
Por: William Ospina
APLICADOS A LA TAREA INCANSABLE de modificar el mundo, hemos empezado a advertir que no siempre es benéfica esa transformación.
No toda novedad comporta un progreso, cualquier cambio no es un avance, cualquier transformación no es necesariamente una conquista ni un mejoramiento del mundo.
De un modo creciente, muchas transformaciones más bien amenazan con dejar al mundo peor de lo que estaba: nuestras fábricas agravan el calentamiento global y alteran el clima, los desechos ya son de verdad basura: mientras durante siglos todo lo que desechábamos volvía al ciclo de la naturaleza, ahora se acumula sobre ella y contra ella; envenenamos los mares, polucionamos la atmósfera, llenamos de basura sideral el espacio exterior.
Como extraña paradoja, empieza a ser fuente de trabajo la corrección de lo que ha hecho el trabajo. Contratamos gentes para que descontaminen, para que recojan la basura no biodegradable. Reciclar es ya un oficio, aunque se paga mucho menos por reciclar la basura que por producirla: el pobre recolector nocturno es siempre peor pagado que el que produce esos bienes que habrá que reciclar.
Hay un ejercicio que pronto los humanos tendremos que aprender a hacer: es comparar ese extraordinario teléfono celular de última generación, con diez aplicaciones nuevas cada vez más asombrosas y tentadoras (ese celular que hay que comprar enseguida para ser alguien en el mundo), compararlo, digo, con lo que ese mismo objeto será cinco años después: convertido en un adefesio pasado de moda, rudimentario y reducido a basura casi imposible de reciclar. Convertido en prueba deleznable e irrisoria de la carrera loca que ha emprendido el mundo por llegar siempre a un sitio un poco peor que aquel en que se encontraba.
Kafka, como siempre, lo dijo mejor. “Pues la vida consiste”, dijo, “en escapar de una celda que odiamos, hacia otra que todavía tenemos que aprender a odiar”. Ahora pagamos por alterar el mundo, y un día tendremos que pagar por desalterarlo. Pagamos por mejorar, o por creer que mejoramos, el mundo, pero tarde o temprano alguien tendrá que pagar por eliminar esas mejoras, que a menudo lo habrán dejado peor. ¿No acaba de revelarnos una investigación de biólogos moleculares de la universidad de Caen que los organismos genéticamente modificados, los transgénicos pregonados por la industria como la solución a los problemas de la alimentación mundial, son pavorosos venenos que llenan de tumores a los conejillos de Indias? ¿Qué especie insensata es capaz de cambiar sus alimentos probados durante cincuenta siglos por presurosas y monstruosas alteraciones impuestas por la sed de lucro, que no se dan un tiempo razonable para estudiar sus consecuencias?
¿Cómo aprenderemos a distinguir entre lo que es de verdad útil y lo que es apenas llamativo, entre lo que es necesario y lo que es apenas novedoso, entre lo que nos cambia, nos ayuda y nos mejora, y lo que apenas estimula nuestra vanidad o espolea nuestra codicia?
¿No llegará el día en que en vez de pagar por limpiar el mundo sintamos que habría sido mejor pagar por no ensuciarlo? A muchos les parece ya imposible la limpieza del mundo: y sin embargo estamos apenas en los comienzos del proceso de su enrarecimiento. ¿Cómo será cuando diez o doce mil millones de personas estén montados en el tren del consumo desaforado y del derroche irreflexivo? ¿Nos bastará el consuelo de haber tenido empleo gracias a esa industria que producía un daño colectivo?
El trabajo tiene deberes desde ahora. Pero es necesario que los trabajadores dejen de ser un objeto de tráfico; es necesario que inventores, constructores, creadores y productores sean voceros de la humanidad, defensores del planeta que habitan y que habitarán sus hijos. Y para los empresarios no será suficiente justificación brindar empleo: ya el primer deber de los empresarios es garantizar que en cien años todavía haya un planeta amable donde la vida y la muerte valgan la pena.
Y digo que no hay que considerar trabajo sólo al que produce mercancías: las sociedades tienen que considerar como trabajo productivo y benéfico, como labor digna de reconocimiento, todo lo que contribuya a la solidaridad, a la confianza de las comunidades, a su enriquecimiento espiritual, a depurar su sensibilidad; todo lo que cree alegría común, belleza compartida, espíritu de generosidad, cortesía, equilibrio y armonía con el universo natural.
No podemos seguir invirtiendo enormes presupuestos en la persecución del crimen, la hostilidad y el terror, sin comprender que la mejor manera de prevenir esas cosas es formar sociedades solidarias, con un alto sentido de su dignidad, más responsables y más capaces de firmeza y de crítica.
Sólo así superaremos esta edad en que la palabra ‘trabajo’ sigue evocando el yugo del tripalium, la tortura romana de los tres palos, el sufrimiento del tripaliare. Muchos son los desafíos que propone nuestra época, y nadie puede sentirse inútil o aburrido en un mundo donde los desafíos son cada vez más grandiosos y las luchas necesarias más admirables, porque ya no nos restringen al ámbito mezquino de nuestras necesidades personales o familiares, sino que nos exigen ser parte de la humanidad, ser creadores y ser artistas. Pronto no bastará que se nos pague en dinero: una parte importante de nuestro trabajo se nos tiene que pagar en felicidad verdadera.
Que el trabajo no sea maldición. Que llegue una época (pero eso no depende de todos sino de cada uno), que llegue el momento en que nuestro trabajo no sólo mejore al mundo, sino que tenga el poder de mejorarnos a nosotros mismos.
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William Ospina | Elespectador.com
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