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Fernando Araújo Vélez 22 Sep 2012 - 11:00 pm

Sabra y Chatila, 30 años después

Fernando Araújo Vélez

El recital comenzó con un arpegio de guitarra y una petición de silencio. De silencio absoluto.

Por: Fernando Araújo Vélez
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De silencio terror-muerte-dolor. Alberto Cortés se sentó en una butaca y cerró los ojos. Eran los últimos días de octubre de 1982. Unos pequeños carteles pegados en dispersos postes de luz habían invitado a los estudiantes al concierto en el teatro Pablo VI de la U. Javeriana. Por aquellos años, casi nadie lo conocía en Colombia. Apenas unos cuantos habían oído En un rincón del alma, y alguno, frenético, intentaba convencer a sus amigos de que fueran, de que el tipo era grande, inmenso, de que su voz era infinita y sus canciones, cuchillos. Nada más. Con la guitarra cada vez más fuerte, más intensa, Cortés empezó a cantar “¿A dónde estaba el sol cuando sonaron los ecos desatados de la ira? ¿No será que las sombras lo apagaron en Sabra y Chatila? ¿A dónde estaba Dios, cuando la gente fue sometida a hielo en las pupilas? ¿No será que se ha vuelto indiferente en Sabra y Chatila? ¿A dónde estaba yo, en qué galaxia, insensible leyendo la noticia?”. El tono subía. El silencio aterraba. Alberto Cortés cantaba y hería, hería y evocaba, evocaba y era como si llorara, pero Sabra y Chatila eran dos nombres para el público, dos lejanos nombres de dos pueblos ignorados.

“En Chatila no judíos mataron a no judíos, ¿qué tenemos que ver nosotros con eso?”, había dicho Menahen Begin, el primer ministro israelí, unos días atrás, pocas horas después de que el mundo hubiera conocido el horror que desataron más de 150 hombres de la Milicia Falangista Libanesa y, por omisión y con conocimiento de causa, el gobierno de Israel, en Sabra y Chatila. Millares de niños, ancianos, mujeres y hombres fueron masacrados en la noche del 18 de septiembre de 1982. El líder del grupo, dijeron, había ido al campo de refugiados en busca de miembros de la OLP (Organización de la Liberación de Palestina). La guerra, una vez más la guerra.

Ignacio Cembrero, corresponsal de guerra por aquel entonces, escribió en El País, el pasado 20 de septiembre, sus recuerdos de la masacre. “No sé muy bien por qué, pero entramos en Chatila por su lado más terrible. De sopetón el olor del aire cambió. El hedor era insoportable. Ahí, a mi derecha, yacían cuerpos amontonados de decenas de mujeres y niños, muchos de ellos bebés, tirados en el suelo. Les habían matado disparándoles o acribillados a navajazos. Antes de morir las madres habían intentado salvar a sus hijos. De ahí que algunos bebés estuviesen sepultados bajo el cuerpo de su progenitora o incrustados entre sus pechos como para que no pudiesen ver el horror”.

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