Opinión |24 Sep 2012 - 11:00 pm
La infancia medicada
Por: Dharmadeva
El porcentaje de niños bajo la acción de medicamentos psiquiátricos se ha elevado de manera dramática en el mundo y en Colombia.
Una de las enfermedades comúnmente diagnosticada, por poner un ejemplo, es el trastorno de déficit de atención con hiperactividad (TDAH). El asunto, sumado al incremento alarmante de los suicidios juveniles, no habla bien de una civilización construida sobre el deleznable valor de los bienes materiales.
En los diagnósticos también preocupa la ligereza del proceso. Sin duda habrá casos evidentemente patológicos que ameriten un tratamiento psiquiátrico con químicos, pero es fácil afirmar que en la mayoría de las ocasiones el problema de la hiperactividad y el déficit de atención tienen etiologías no patológicas o diagnósticos por impaciencia. Son antes que nada un problema social cuyas causas pueden remitirse a la injusticia básica, a la violencia intrafamiliar que es su corolario y a los modelos de una sociedad en la que quien nada tiene, nada es. Cuando no hay espacio para pensar en el sentido trascendente de la vida, cuando los modelos religiosos no se compadecen con los cambios y los padres están demasiado ocupados en sobrevivir, la educación para la vida desaparece y es reemplazada por lo que dicten los medios y las modas.
Como la mayor parte de los casos diagnosticados son urbanos, podemos pensar que el espacio físico reducido no permite al niño utilizar su energía debidamente. Esto va asociado a un verdadero síndrome que podemos llamar de ausencia de contacto con la naturaleza, explorado de forma brillante por Richard Louv en el libro The last child of the woods. En ciudades sin parques o lejos de los cinturones verdes, no es raro entonces que el niño despliegue su actividad en el aula. Si le añadimos a esto una educación enfocada en el hacer para lograr, que literalmente bombardea al niño con datos y no estimula la experiencia personal directa que le proporcione un conocimiento de sí mismo, el déficit de atención es, en palabras antiguas, una forma natural de aburrimiento.
Otro factor está en la nutrición del cuerpo y de la mente. Una dieta llena de azúcar blanco, harinas refinadas, gaseosas estimulantes y comida procesada tiene su efecto inmediato en el comportamiento. Y en cuanto a la mente, dada la inseguridad real y percibida de ciudades como Bogotá, los juegos ya no ocurren en el parque o en la calle, sino en el encierro de los apartamentos que permiten solamente entretenciones electrónicas que sobrecargan el sistema nervioso, ya abrumado por la televisión y las computadoras.
La enfermedad de nuestros hijos es la enfermedad de la civilización. Si no hay una vuelta paulatina a la naturaleza, si no recobramos los mecanismos para contactar lo más íntimo y sagrado de nuestro ser y además hacemos un esfuerzo colectivo por desmontar la inequidad, seguiremos pagando el precio del falso bienestar con la salud y la vida de nuestros descendientes.
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