Opinión |24 Sep 2012 - 11:00 pm

Eduardo Barajas Sandoval

Dragón contra Sol Naciente

Por: Eduardo Barajas Sandoval

Las islas y formaciones geográficas similares, por insignificantes que parezcan, son factores de poder marítimo que nadie puede descuidar.

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La obligación de velar por la integridad de los dominios de cada nación se extiende a las áreas marinas y submarinas que le correspondan, y que los demás le reconozcan expresamente o en virtud de los hechos, porque el mar no es un mundo silencioso en el que ocurren cosas que conciernen solo a los peces, a los pescadores o a los científicos. Los gobiernos no pueden jamás descuidar esa dimensión de sus deberes, y la solución de los conflictos en torno a la materia adquiere tanta importancia que ha alimentado algunas de las páginas más significativas del Derecho Internacional.

Las diferencias entre China y Japón por unas islas deshabitadas, que cada parte reclama como suyas y llama a su manera, surgen de cuando en vez, por lo general por cuenta de entusiastas nacionalistas, para despertar las emociones de dos monstruos que llevan varios milenios de encuentros y desencuentros. Para hacer las cosas un poco más difíciles, Taiwán aparece también en el escenario con pretensiones que compiten con las de las dos gigantes. Los incidentes tienen por lo general un ritual, que incluye declaraciones de los gobiernos y manifestaciones populares con quema de banderas y otros actos que por fortuna no van más allá.

El motivo de la disputa actual es bien sui géneris. El Gobierno Japonés decidió comprar las islas a quien se consideraba su propietario privado, antes de que lo hiciera el Alcalde de Tokio, con recursos públicos. La reacción del gobierno chino no se hizo esperar. Tampoco las manifestaciones populares en uno y otro país, con quema de banderas y negocios, y la exigencia de mano dura en defensa de la soberanía nacional. Discurso fácil para problema de gran dificultad.

Aparte del espectáculo de dos grandes países enfrentados en una disputa para la cual no hay árbitro visible, el altercado plantea retos importantes no solo para las naciones involucradas sino para la comunidad y la institucionalidad internacionales. Dichos retos, además, no se limitan a la solución de las diferencias respecto de las islas mismas, sino que plantean cuestiones por resolver en materias como la armonía de las relaciones económicas entre dos potencias que en muchos campos obran de manera mutuamente dependiente, como lo ilustraría el uso de materiales escasos y fundamentales en la industria más refinada del Japón, como el Neodimio y otros de los que se utilizan para la producción de bienes de alta tecnología, que provienen de la China.

En la medida que ninguno de los dos países está sometido a la jurisdicción de la Corte Internacional de Justicia, que uno de ellos, China, es miembro permanente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y el otro no, y que sobre uno de ellos, Japón, pesan limitaciones de armamentismo surgidas de los acuerdos de postguerra como medida preventiva después de las aventuras que le llevaron a producir tanta destrucción en el territorio continental, el tema queda aparentemente en manos de los dos gobiernos y tal vez de los buenos oficios de sus amigos.

Cada uno echará mano, por supuesto, de los argumentos tradicionales en los que ha sustentado siempre la propiedad sobre las Diaoyou, como las llaman en China, o las Senkaku, en Japón, pero el juego terminará normalmente en tablas, como esperamos todos, mientras el enviado de Tokio se reúne en Beijing con sus homólogos y entre todos, con paciencia oriental, son capaces de calmar los ánimos y llegar a algún acuerdo, que puede ser el que sabiamente alguien sugirió, que no es otro que reducir los entusiasmos y posponer la discusión por el tiempo necesario. Que en términos orientales pueden ser unos cuantos años.

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