Opinión |30 Sep 2012 - 11:00 pm
El progresismo social
Por: Salomón Kalmanovitz
En ocasión del homenaje a la obra y vida de Miguel Urrutia en la Universidad de los Andes, se observó que era un firme creyente en el progreso económico y social de Colombia durante el siglo XX.
El tema polariza pues muchos en la izquierda creen que el país siempre ha estado mal y va para peor. Los de la derecha, por su parte, aducen que todo tiempo pasado fue mejor, que las buenas costumbres se han derrumbado con el capitalismo.
Urrutia condujo investigaciones sobre el crecimiento colombiano del siglo XX que en el promedio arrojan un buen resultado, aunque con una pérdida de dinamismo desde los años ochenta. Comparado con el siglo XIX, en el que hubo un escaso crecimiento por habitante y pocas transformaciones sociales, el siguiente siglo fue de cambios enormes en materia de localización de la población, adopción de la energía eléctrica y del motor de combustión, condiciones sanitarias que mejoraron con los servicios de acueducto y alcantarillado, desarrollo de la medicina moderna, la universalización de la educación primaria, aunque sólo aceleró su cobertura desde el Frente Nacional, aumento del ingreso familiar y abaratamiento de los alimentos y viviendas de mayores espacios y con piso de cemento.
Urrutia observa que sus estudiantes no creen mucho en el progreso social hasta cuando les revela los datos de condiciones de vida y de la antropometría que ha obtenido juiciosamente Adolfo Meisel: la expectativa de vida aumenta de 36 años en 1905 a 72 en 2005; la estatura, que refleja condiciones de nutrición, salud, educación y práctica de deportes, aumentó casi 9 centímetros en el siglo XX, un poco más para las mujeres. Los resultados son desiguales: los grupos étnicos muestran diferencias en su estatura, con un potencial no alcanzado todavía para los grupos indígenas.
Contrástese la posición de progresismo social de Urrutia con el conservadurismo evidente en el pasillo de Efraín Orozco Señora María Rosa. “La india me ha dejado”, se queja el campesino, “no volverá a la choza” con piso de tierra, que está encima de una loma, cultivada con muy baja productividad. “Maldigo yo la hora en que la creí buena”, dice, pues abandonó por ella a sus viejos que tenían bueyes y cafetal, muy probablemente un lote pequeño, que se atomizaría con las herencias. Sin importarle nada, la india se ha ido para la ciudad; allí, “se morirá de hastío, su vida destrozada, ya sin el amor mío”. En la choza, por el contrario, ella cocinaría con leña que haría mella en sus pulmones. En vez de migrar también, el campesino se emborracha.
La india abandonó condiciones de vida muy precarias, sin ninguna posibilidad de progreso, no por mala sino ejerciendo su derecho a buscar las oportunidades que destellaban en el entorno urbano; posiblemente, tenía familiares que ya habían migrado a la ciudad y la recibieron en un barrio de invasión. Éste eventualmente se normalizaría, obtendría servicios domiciliarios, las casuchas se irían reformando con ladrillos y cemento, erigirían segunda y tercera plantas que se convertirían en inquilinatos para nuevos migrantes. La india habría conseguido un trabajo más productivo que el que podía desplegar en el campo y con un ingreso varias veces superior, aun si estaba en la informalidad. Ella y su familia habrían pasado de la indigencia campesina a la pobreza urbana. Un progreso indudable que Urrutia ha sabido documentar a lo largo de su fructífera carrera de investigador económico.
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