Opinión |2 Oct 2012 - 11:00 pm
Cómo cambiar el mundo
Por: Oscar Guardiola-Rivera
La última vez que hablé con Eric Hobsbawm, el tema fue la posibilidad de un proceso de paz con las Farc en Colombia y el futuro de la izquierda tras el fracaso global del neoliberalismo.
Nunca dejó de sorprenderme su detallado conocimiento de América Latina, inusual entre pensadores europeos. “Todo ha comenzado primero en Latinoamérica”, me dijo, “la modernidad, la colonización, los movimientos de liberación, el multiculturalismo, también el neoliberalismo”. Y concluyó: “Ustedes no tuvieron que esperar hasta el 2008 para entender que otra relación entre el Estado y la sociedad era necesaria, sin importar el logotipo ideológico que adoptemos”.
El pasado lunes recibí con profunda tristeza la noticia de su muerte. Eric tenía 95 años. Hasta su último día presidió el Birkbeck College de la Universidad de Londres. Hasta el final siguió escribiendo, debatiendo y enseñando. Sin ser inglés, contribuyó como pocos a la tradición inglesa de escribir libros de historia popular para una audiencia pensante, originada en los encuentros con el Caribe decimonónico.
El año pasado publicó su último libro en vida, titulado Cómo cambiar el mundo. Allí conectó las revueltas globales del 2011, que aún continúan a la sombra de los medios de prensa, con la larga tradición del movimiento de liberación internacional. “¿Qué importa de Marx hoy?”, preguntaba. “Fue el primero en comprender el mundo como un todo, político, económico, científico y filosófico al mismo tiempo”.
Hasta el último día de su vida, Hobsbawm fue un pensador de izquierda. Como buen historiador, reconoció el fracaso del llamado socialismo real del siglo XX, pero también entendió que el debate entre neoliberales y sus críticos no era específicamente marxista sino teológico.
Era un realista, mas no un materialista craso, y ello le permitió reconocer, al contrario de muchos, la capacidad de reacción del pasado. Por eso le interesaba Latinoamérica. En ninguna otra parte del mundo como en nuestro continente, excepto el sudeste asiático, fue tan evidente la intensidad de la reacción y la violencia contrarrevolucionaria frente a intentos de todo tipo por encontrar una vía diferente. Incluyendo los no violentos, como en Chile.
Su realismo jamás lo llevó al tipo de contorsiones intelectuales tan comunes entre ciertos intelectuales y escritores a finales de siglo. Al contrario de muchos en Europa y en las Américas, jamás fue víctima del síndrome del arrepentimiento y la melancolía.
Su mayor virtud fue ser consecuente. Es la única virtud que cuenta si se es un escritor y un pensador. Su fundamento es la actitud ética que persiste en la búsqueda de la verdad, al contrario de aquella otra que afirma estar en posesión de ella. Fue, entonces, un ser humano ejemplar.
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