Por: Mauricio Rubio

Bach para la violencia de pareja

En mi familia, las mujeres de la generación anterior tenían claro que los celos masculinos difieren de los femeninos, y que los primeros son más agresivos y particularmente agudos entre los hombres mujeriegos.

Sin mayor reparo aceptaban que la explosiva mezcla de promiscuidad y celos tiene algo de hereditario, pero también anotaban que ciertos ambientes la estimulan o restringen.

Franz de Waal, reconocido primatólogo, señala que las hembras chimpancés se esconden de los jóvenes y del macho alfa para copular, puesto que ni los unos ni el otro toleran tales deslices. “Al no permitir que otros machos se acerquen aumenta la certidumbre sobre quién es el padre. Consecuentemente, los machos celosos engendrarán más crías que los tolerantes. Si los celos son hereditarios, más y más crías tendrán esa característica”.

Mientras los chimpancés se pelean por fertilizar todas las hembras que pueden, para ellas el número de crías no depende de la cantidad de machos con los que copulan. Por lo tanto, “los celos en las hembras son menos marcados. La lucha entre ellas por la atención del macho tiene más que ver con el vínculo de largo plazo y menos con el contacto sexual”. Grosso modo, eso afirmaban mi mamá y las tías.

En los primates, el vínculo entre el rango social, el éxito en la lucha por aparearse y el afán de exclusividad está bien documentado. No todo es atribuíble a los instintos, anota de Waal, ni se debe pensar sólo en factores genéticos. “Que un macho chimpancé joven se convierta o no en potentado intolerante depende de la manera como su madre lo trate y del tipo de machos adultos con los que crezca”. O sea, la segunda parte del rollo que sostenía la rama materna de la familia.

Fuera de la influencia del activismo legal pro igualdad, la reticencia contemporánea para aceptar la idea de rasgos hereditarios puede provenir de una visión burda de la interacción entre educación y predisposiciones innatas. En la actualidad se sabe que ni los organismos más simples vienen totalmente programados ni los seres humanos somos absolutamente maleables. Es tan absurdo decir que un comportamiento está genéticamente determinado como afirmar que no tiene nada que ver con los genes.

Uno de los datos más reveladores que he encontrado sobre la compleja y sutil mezcla de naturaleza y crianza en el terreno de la promiscuidad es de una bióloga especializada en ciertos roedores en los que existen dos grupos totalmente diferenciados: uno de ratoncitos fieles a morir y otro de ratas que no paran de poner los cuernos. Aunque se ha logrado identificar un componente genético para esta discrepancia, se trata más de una predisposición que se puede activar o no dependiendo del entorno del recién nacido. Si en las horas que siguen al alumbramiento la madre estimula con su hábil lengüita ciertas zonas íntimas de la cría, esta tendrá una vida con numerosas y cortas aventuras amorosas. Si la madre se abstiene de este sencillo protocolo, el afán de promiscuidad no se desarrolla.

Que esto suceda en especies con poca capacidad cerebral para interpretar y predecir el entorno permite hacerse una idea del enorme volumen de información sobre el ambiente que, durante las etapas iniciales de la vida, una madre sapiens sapiens le transmite a sus retoños para así consolidar o matizar predisposiciones e instintos.

¿Qué ventajas traería reconocer la existencia de tales mecanismos en materia de infidelidad y celos? La respuesta es simple: sería más factible prevenir sus estragos, en particular la violencia de pareja. Las teorías globales que no ayudan a explicar diferencias individuales sólo conducen al lamento y la inacción.

Como anticipo al remedio farmacológico que -si los ilustrados y las feministas lo permiten- algún día ayudará a prevenir ciertos conflictos de pareja que pasan a mayores, me atrevo a sugerir, para los celos enfermizos, infusiones de achicoria o acebo, las dos esencias florales de Bach útiles para esta dolencia. Alguna astuta matrona sumaría la advertencia de ensayar la pócima con los suegros, para ver si se trata de un caso sin remedio.

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