Por: Julio César Londoño

Las siete vidas de Angelino

La salud del Vicepresidente es precaria, claro, pero goza de buen humor. Así lo probó esta semana cuando, al ser nuevamente requerido para que se sometiera a un examen médico, se negó alegando que no le parecía elegante este procedimiento justo ahora, cuando el presidente convalece de una delicada intervención en sus partes nobles.

 Dijo que lo visitó en la Fundación Santa Fe y lo encontró “muy lúcido”, una oportuna manera de devolverle el cumplido que Santos le hizo hace unos días.

Zorro el vice, sin duda. Siempre lo ha sido. Siempre ha demostrado un gran sentido de la oportunidad y una agilidad pasmosa para saltar de los barcos que hacen agua y sobrevivir. Nada lo doblega, nada lo tumba. Ni la trágica muerte de su hija, ni la mano negra, ni los derrames, ni los embates del presidente del Senado. Nada.

Angelino se inició con una brillante actuación como sindicalista que le valió un nombre en la política nacional. Formó parte de la UP y el Señor de los Milagros lo salvó de la letal puntería de los pistoleros del Estado (que está “rezao”, dicen en Buga). Cuando el barco de los tres mil muertos de la UP naufragaba, saltó a las playas del M-19 (Rojismo + Batemanismo + Robin Hoodismo, ¡hágame el favor!). Cuando sintió que este ornitorrinco trastabillaba, se alistó en las filas católicas, hizo parte de una Comisión Nacional de Reconciliación y terminó como ministro de Trabajo de Andrés Pastrana, cartera que manejó con un equilibrio admirable: bananas para los obreros y chocolates suizos para los patrones. Hace diez años ayudó a fundar el Polo Democrático, tres segundos después era uribista y, por ende, santista, es decir, antiuribista y otra vez sindicalista (le gusta ridiculizar los logros sociales de Santos y hasta propuso un día que los bancos debían repartir sus utilidades entre los empleados, una declaración que lo ubicó, esa semana, a la izquierda de Chávez, que podrá ser loco y lo que usted quiera, pero que jamás ha propuesto una ternura semejante).

Cuando se produjo el bochornoso asunto de la reforma a la justicia, dejó correr el rumor de que apoyaba la Asamblea Nacional Constituyente que proponía Uribe, maniobra que lo convirtió en bisagra chirriante entre dos mundos: el ambidiestro santismo y el Puro Centro Democrático.

Cuando fue gobernador del Valle hizo una administración doblemente histórica: fue la más honrada y la más mediocre que registran los anales (el departamento todavía está pagando las decenas de miles de millones de pesos que costó una de sus pataletas populistas: el pleito de la vía Cali-Candelaria). Luego apoyó sin rubor las fichas que puso en ese alto cargo el exsenador Juan Carlos Martínez, que pagó el favor con varias chanfainas para la clientela del vice. Pero las verdaderas batallas libradas por el vice han sido contra su paisano Roy Barreras por el control del fortín burocrático de Caprecom.

Yo lo admiro no sólo por su capacidad para sobrevivir a tantas calamidades y peripecias, sino también por la agilidad para trepar en la escala del poder pese a su peso, a su extracción social y a esa retórica que funde poderosamente la fluidez de Barco, la pedagogía de Mockus y la poesía de Turbay.

Pero comparto la preocupación de muchos sobre su estado de salud. Recordemos que si le llega a pasar algo al presidente (y el día esté lejano) las alocuciones presidenciales quedarán a cargo de Angelino… y lo peor: Roy Barreras quedaría en el primer lugar de la línea de mando del camino a Palacio.

Como si fuera poco, con este súbito relevo generacional Simón Gaviria sería canciller. O Camarlengo. O director del Plan Nacional de Lectura Rápida. Pero dejemos aquí. Es sábado y no debe uno ponerse a invocar cadenas fatales.

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