Opinión |5 Oct 2012 - 11:00 pm

Doña Gula

Máquina de Moler

Olores de establo en la cocina

Por: Doña Gula

Impermeable como soy a las ciencias de la psiquis, permítaseme especular en aquello que de manera sofisticada llaman “memoria gustativa” y que en el fondo no se trata sino de la añoranza de los sabores de infancia.

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 Aunque parezca mentira, no fui niña de tetero en boca a toda hora, pues tuve la gran fortuna de visitar a Doña Vaca en una edad en la cual yo apenas comenzaba a dominar el arte de caminar. Me contaron mis mayores que me aparecí en el establo a una hora cuando aún no clareaba el sol, sobrepasando obstáculos de talanqueras, broches y portillos y sin temores a terneros, ni escrúpulos al estiércol, el cual abundaba por doquier. Aseguran los testigos de mi primera proeza glotona que, sin temor alguno, me arrimé tambaleando a las patas del descomunal animal y sin terciar palabra ni pedir permiso halé la ubre cual ordeñador habitual. El premio a mi osadía fue un vaso de postrera, mi primer vaso de postrera, claro está, convirtiéndome desde entonces en adicta a tan noble y natural manjar, el cual por su esencia rural constituye hoy en día para mí un disfrute completamente excepcional.

Hace algunos años fui invitada a una preciosa finca, llamada La Inés, la cual, desde el instante mismo en que pisé el umbral de su amable cocina, me hizo recordar aquellas que de niña conocí en compañía de mis tíos y mi abuelo, a quienes hoy agradezco el que se hayan encartado conmigo, pues gracias a ellos hoy me ufano de conocer y recordar aquellas haciendas —cafeteras unas, ganaderas otras— establecidas en el suroeste y el bajo Cauca antioqueño.

Sobra decir que en todas ellas mis lugares preferidos eran los fogones y las mesas de trabajo de donde salían bandejas y palanganas con todo tipo de vituallas de cocina criolla. Pues bien, en La Inés se me disparó el olfatímetro durante el ajetreo propio del servicio del primer desayuno, el cual alborotó los aromas de la cafetera, aquellos de la olla de aguapanela, los propios de la paila de huevos revueltos con junca frita y, más aún, aquellos del caldero de la morcilla y los chorizos... todos superados por la primera fumarola de arepas seudoquemadas, exigidas así por comensales remilgados. Sin embargo, gracias a mi remota y vigente costumbre de levantarme con horario de ordeñadora, en aquella finca volví a sentir aquellos aromas que desde parvulita no sentía; eran los aromas de una cocina abierta en la alborada, aún sin fogón prendido y sin aromas de café, pero donde ya hacían presencia la postrera, el quesito y la cuajada. Lloré de emoción... me sentí privilegiada y durante tres mañanas seguidas me atraganté de postrera y de cuajada.

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doctor Rieux

Dom, 10/07/2012 - 10:05
"memoria gustativa" y que en el fondo no se trata sino de la añoranza de los sabores de infancia" . Mi apreciada doña Gula, tres son las apropiaciones que del mundo hacemos hombres y mujeres: práctica, teórica y estética. La suya es práctica. Pero, con la misma añoranza de la infancia que usted elabora con la memoria gustativa Marcel Proust elaboró la gran novela del siglo xx, alrededor de 7000 páginas, titula "En busca del tiempo perdido". Como podrá inferir usted se quedó en el mero plano práctico. Es decir usted se quedó en la mera glotonería, no trascendió la misma experiencia de Proust. Existen alrededor de dos docenas de excelentes libros sobre el tema que no se los sugiero leer porque esta sección es limitada. Con aprecio
Opinión por:

eradelhielo

Sab, 10/06/2012 - 22:55
Me gustó mucho su columna. Nada como los olores para despertar la nostalgia, más cuando estos nos recuerdan momentos felices.
Opinión por:

Sebastián Felipe

Sab, 10/06/2012 - 02:42
(1) No, la "memoria gustativa" va mucho más allá de "la añoranza de los sabores de la infancia", pues no solo se refiere también a "los olores" (acaso principalmente), sino que su reminiscencia es heredada de los gustos (sabores y olores) y disgustos (ídem) de nuestros ancestros (pleonasmo admisible), por lo que rigurosamente tiene componente genético. Por ejemplo, nos gustan las comidas con sabor y olor a humo de leña (alimentos ahumados) porque nuestros ancestros vivieron en cavernas impregnadas de humo ya que cocinaban con leña... lo que nos sustanció. (2) La "palangana" es para otros usos. Y marros más.

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