Opinión |6 Oct 2012 - 10:39 pm
Prostatectomía tributaria
Por: Armando Montenegro
La oportuna y exitosa cirugía al presidente de la República proporciona motivos de reflexión sobre la pequeña reforma tributaria que acaba de presentar el Gobierno.
Hay dos formas de intentar la corrección de un monstruoso estatuto tributario como el colombiano. O se intenta una reforma integral, como la que venía preparando el ministro Echeverry, de 750 artículos, semejante a una arriesgadísima cirugía de todos los órganos vitales, o se opta por una intervención limitada, precisa y concreta, como la que ha propuesto el ministro Cárdenas, que ataque inicialmente los nodos más infectados del código impositivo.
La gran reforma estructural, que resuelve para siempre todos los problemas, aunque deseable y necesaria, por lo general fracasa. El Gobierno no tiene la capacidad de controlar los lobbies y todas las presiones internas y externas que se conjugan para bloquear las enmiendas o voltear a favor de los interesados los artículos que se intenta modificar. Como no es posible pelear contra todos al mismo tiempo, los ministros de Hacienda que van por lana, usualmente salen trasquilados. Al final aparecen más exenciones, deducciones y arbitrariedades que antes de la propuesta de reforma.
Una reforma pequeña, en cambio, obliga a concentrar la atención de los interesados en unos pocos temas, de tal manera que todo se discute y ventila a la luz del día. Y el Gobierno puede usar su poder político limitado en forma concentrada, como el láser, sobre las iniciativas que quiere sacar adelante. Así fue la primera reforma del gobierno Santos, que saneó varios problemas del código tributario.
Aunque podría ser incluso más breve y precisa, la reforma del ministro Cárdenas y el director Ortega también es de este corte. Si este esfuerzo tiene éxito, el año entrante o el siguiente se puede intentar otra iniciativa del mismo calado y atacar otros problemas agudos del código tributario. De esta forma, en unos pocos años se podría tener un sistema de impuestos moderno y equitativo, consistente con la promoción del empleo y la inversión.
Uno de los mayores méritos de esta reforma es tratar de extirpar una parte considerable de los parafiscales, un verdadero cáncer del mercado laboral. A pesar de sus limitaciones —aun si se aprueba el texto propuesto, quedarían más de 40 puntos porcentuales de parafiscales que seguirían gravando el trabajo—, con el triunfo de su iniciativa, el ministro Cárdenas, Mauricio Santamaría y Juan Ricardo Ortega se ganarían un lugar entre los reformadores económicos del país.
Durante muchos años, los economistas colombianos, muchos de ellos desde Fedesarrollo, produjeron numerosos estudios que cuantificaron, una y otra vez, el daño causado por los parafiscales sobre el empleo y la formalidad. La opinión de varios profesionales del exterior, entre ellos dos premios Nobel, respaldó esos trabajos. Pero nadie les hacía caso. A pesar de toda la evidencia, el Gobierno, la clase política y la dirigencia empresarial permanecían imperturbables. Las conveniencias de unos cuantos primaban sobre las precarias condiciones laborales de millones de personas.
El avance en esta materia, bajo el liderazgo de los miembros del equipo económico, es otra prueba del planteamiento de Keynes de que, a la larga y en contra de la sabiduría convencional, las ideas terminan prevaleciendo sobre los intereses creados.
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