Por: Ramiro Bejarano Guzmán

Paciente impaciente

El fallido examen médico al vicepresidente Angelino Garzón no podía resultar peor de lo que resultó. Se equivocaron todos, desde el Congreso, los prestigios científicos que pretendieron diagnosticarlo y hasta el mismo enfermo.

No se entiende cómo es que Roy Barreras, en su condición de médico más que en la de presidente del Senado, hace menos de un mes declaraba que encontraba en buenas condiciones a Garzón, pero por estos días, en cuanto se conoció la dolencia del presidente Santos, le entró la inquietud de que podía no estar del todo bien. O hubo una vacilación imperdonable en el diagnóstico, o se movieron las piezas de un ajedrez político que todavía no podemos adivinar qué persigue.

Los distinguidos galenos que le hicieron literalmente visita de médico a Angelino, francamente salieron mal librados, porque si bien llegaron muy puntuales a la cita, no cumplieron su cometido, pero en cambio sí propiciaron confusión política. En efecto, el doctor Fernando Sánchez, cargado de títulos y pergaminos, todos muy merecidos, además dueño de un prestigio científico y personal a toda prueba, sin embargo, confundió al país con su declaración a los medios, según la cual habían encontrado “divinamente” al paciente, a pesar de que no lo examinaron. Obviamente los medios no entendieron que el ilustre médico estaba hablando en el más rancio lenguaje y tono de los finos y sofisticados cachacos bogotanos, que a la pregunta sobre como están, suelen responder con el clásico “Ala, divinamente”, así se encuentren atravesando dificultades. Así no lo hayan examinado, me temo que médicos de tanta experiencia, con ojo clínico, debieron de haber advertido que lo que Angelino padece no es una gripa.

Y para honrar su condición de marrullero, Angelino eludió el examen al que legalmente está obligado, invocando la peregrina y absurda tesis de que un diagnóstico sobre su salud es el inicio de un golpe de Estado a Santos. El zarpazo democrático que estaría por ocurrir, según esta complicada regla de tres que sólo se le podía ocurrir a Garzón, consistiría en que mientras Santos esté convaleciente de su operación de la próstata, si alguien concluye que el vicepresidente está sano, ello es una invocación para tumbar al presidente.

Habría resultado menos aparatoso que Angelino se hubiere resistido al examen reclamando, por ejemplo, respeto por su dignidad, que de alguna manera él mismo propició que resultara maltratada, pues ha debido renunciar hace rato a una dignidad que no puede ejercer. Eso habría tenido mejor presentación, que cabalgar sobre el disparate de un golpe de Estado contra Santos, que solamente es posible en su febril imaginación.

Lo cierto es que todo indica que Angelino está gravemente enfermo, como así lo comenté en una reciente columna (http://www.elespectador.com/opinion/columna-366734-enfermo-imaginario), a cuyos términos me remito porque conservan vigencia esas reflexiones. Por eso se le vio disminuido intelectualmente en la entrevista que le hiciera Darío Arizmendi. Si no tuviera nada, no me cabe la menor duda de que no sólo se habría dejado examinar —de cabo a rabo—, sino que habría pregonado su inmejorable salud.

Mientras Santos dio ejemplo contándole al país sus padecimientos, al igual que sus médicos, quienes no han ahorrado esfuerzos para informar sobre su evolución, Angelino ha resultado inferior a sus deberes institucionales. Él es incurable, no tiene remedio, genio y figura.

Adenda. Qué cinismo el del presidente de la Corte Suprema , Javier Zapata, sindicando a la prensa de tener “agenda” e intereses no santos en las críticas por la tramposa reelección de Ordóñez, en la que él ha participado. Quien tiene interés nada ortodoxo en reelegir a Ordóñez es el propio Zapata, cuya cuñada, Olga Lucía Cadavid, fue nombrada por el procurador que hoy defiende sin declararse impedido. El discurso veintejuliero de este magistrado es una vergüenza, para no mencionar el talante violento del que es capaz en privado este personaje, que hoy ultraja la majestad de la justicia.

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