Por: Alfredo Molano Bravo

Mesocracia

Uno de los más envenenados dardos que Alberto Lleras le tiraba a Rojas Pinilla cuando el general y jefe supremo de las FF.AA. decidió reelegirse, fue echar a correr el cuento de que el dictador le decía a su secretaria: “Doña Elvia, camine vamos a legislar”.

Y legislaban sobre lo divino y lo humano: tributos, ganadería, carreteras, aeropuertos, relaciones internacionales. Y no era que Rojas le dictara, sino que redactaban a dos manos leyes, decretos y hasta reformas a la Constitución que, por supuesto, desconocían. Doña Elvia era la mano gris que dirigía el gobierno. Rojas Pinilla no era bruto, pero ella concentraba los pequeños poderes delegados. Por ejemplo, le ponía las comas y los puntos a un decreto, nombraba secretarias en los ministerios, porteros y, sobre todo, su principal recurso era colar las llamadas telefónicas y hacerle la agenda al presidente. Doña Elvia era el filtro de las comunicaciones del pueblo —incluidos ministros, prelados y embajadores— con el poder supremo del “Nuevo Libertador”, siempre ocupado manejando sus vacas. Lleras Camargo, que sabía dónde dolía, minó con esa mera frase el edificio de la dictadura y, de paso, definió en dos palabras la naturaleza de los mandos medios o mesocracia. Un cardenal, uno de esos grises personajes llamados coadjutores que nadie sabe qué hacen, hace todo lo que el purpurado no hace. Pasa lo mismo con los sargentos. Un general que manda su ejército a la guerra necesita más a los sargentos que a los coroneles. ¿Qué tal un chofer de bus intermunicipal sin ayudante? Llega a su destino sin un pasajero. No se diga el poder omnímodo que tienen las secretarias en las empresas y los ministerios. El nombramiento corre por cuenta de sus antecesoras y de los —o las— íntimo(a)s del ejecutivo, dentro de lo(a)s cuales están el cuñado, la mujer y el compañero de pupitre en el colegio. La recién nombrada comienza por estudiar ese círculo de hierro que rodea al jefe: sus gustos, sus preferencias y, si es astuta, sus inclinaciones sexuales. Con eso le basta para entrar a la oficina del superior sin golpear, directo a decirle: “doc, hay que llamar, hay que firmar, hay que ir...”, todo en tercera persona impersonal. Al contrario, el jefe, que ya sospecha que su garde du corps está pillada, debe pedirle con cuidado: “Regáleme una llamadita, un tintico, un favorcito”.

Todo en estricto diminutivo; sin olvidar incluir los “comos” para explicar lo que no se quiere decir: “Dígale a fulano que me haga como tal vuelta, me pague como las cuentas”, una manera de dejar abierta la orden al capricho de la secretaria. Una vez que el jefe ha llegado a tal punto de pasividad, la secretaria le pasa las hojitas de vida de los candidatos a los puestos diciéndole: “Este es como bueno, este es como regular”. Si el jefe le hace caso, lo que no es excepcional dado que la secretaria ya es íntima de su esposa, los cabos comienzan a ser atados y pronto la telaraña del poder quedará en sus manos, unas manos que terminarán acariciándolo el Día de la Secretaria en un motel. De ese momento en adelante todo es miel sobre hojuelas. No para todos, claro, porque a los subalternos, llámenlos equipo, staff, el día a día se les convierte en un infierno. Todo pasa por la secretaria, desde las llamadas por teléfono, las claves de los computadores, la adjudicación y el uso de celulares, las memorias, los formatos, los plazos, los chuleados, los informes, los viáticos, los pasajes, los aumentos o rebajas de salario, las promociones, los japi verdi, los desayunos ejecutivos. El jefe termina aburrido en su escritorio jugando con su Blackberry o mirando videos pornográficos en su computador mientras su secretaria ejecutiva hace y deshace a sus anchas.

El ministro o gerente o presidente, lo que de verdad hace es sostener ese pesado título sobre sus hombros mientras su “secre” le amarra las manos. La combinación cama y escritorio es uno de los nódulos del poder menos comprendidos, un capítulo inédito de la historia que está por escribirse.

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