Por: Diego Aristizábal

Paramilitares arrepentidos

Admiro a las víctimas directas de este conflicto colombiano que son capaces de reunirse con los asesinos de sus familiares y perdonarlos.

Que pueden hacer parte de un encuentro con excabecillas paramilitares como Freddy Rendón Herrera, alias “El Alemán”; Rodrigo Pérez Alzate, alias “Julián Bolívar”; Iván Roberto Duque, alias “Ernesto Báez” y con otros desmovilizados y recibir de ellos rosas y camisetas blancas, abrazarlos y ver volar globos con las palabras “paz” y “perdón”. 

Admiro profundamente esas frases que algunas mujeres expresaron el viernes en la cárcel de Máxima Seguridad de Itagüí cuando se les rindió un homenaje a ellas como víctimas del conflicto armado: “Perdono de corazón a quienes me hicieron tanto daño” o “Aprendimos a amarlos. En todas nuestras oraciones invocamos a Dios para que les dé fortaleza y digan la verdad, porque todos los días nos levantamos con la esperanza de que nos digan dónde están” (El Colombiano, 6 de octubre de 2012).

Sé que todos nos equivocamos, cometemos errores gravísimos que nos llenan de vergüenza, pero uno no puede equivocarse al hacer parte de un grupo paramilitar o guerrillero, ni reclutar menores de edad para alimentar un conflicto armado, ni secuestrar para conseguir dinero, ni desplazar y desaparecer personas porque se quiere un territorio, ni cometer masacres para amedrentar a una población, ni tampoco torturar y asesinar vilmente a seres humanos y luego llorar, hacer parte de actos en los cuales se pide perdón, se invoca a Dios y se quiere volver a tener aceptación social.

Yo me pregunto ahora que los paramilitares retenidos buscan el perdón, cómo habrán sido esos momentos en los cuales cometieron sus crímenes y las pobres víctimas, que hoy todavía no han sido enterradas por sus familiares, clamaron perdón, pidieron que no les quitaran la vida y ellos se mostraron drásticos, poderosos, supuestamente justos.

No dejo de imaginarme, por ejemplo, cómo habrá sido la muerte del líder campesino, Marino López, quien en 1997 fue decapitado en el caserío de Bijao-Cacarica, Chocó, por integrantes del Bloque Élmer Cárdenas quienes después jugaron con la cabeza de este hombre como si fuera un balón de fútbol. Trato de imaginarme qué habrá dicho cuando salió del río, después de intentar huir. ¿Dónde estuvo la clemencia de estos hombres que ahora quieren ser gestores de paz y claman en carteleras “hoy estamos deseosos de perdón”?

Está bien que estos hombres se arrepientan, es lo menos que pueden hacer después del daño que le hicieron al país, pero, por favor, que esos asesinos no sigan creyendo que el perdón es una simple palabra, un lugar común en un proceso que todavía es incipiente. Lo que pasa con los paramilitares y la justicia en Colombia es que la misma sociedad no siente que se esté haciendo justicia y cuando no se hace justicia la solidez del perdón resulta profundamente problemática. 

desdeelcuarto@gmail.com / @d_aristizabal

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