Por: Santiago Montenegro

Metáfora de la vida

¿Por qué un partido como el del Barcelona-Real Madrid genera tanto interés en todo el mundo? ¿Por qué un deporte, como el fútbol, suscita tanta pasión en personas de la más diversa índole y condición?

Sin duda porque, en sí mismo, ese deporte es interesante y divertido y justifica el interés que se le presta. Pero, como tantas actividades humanas, muchas veces el deporte, el arte o el toreo se convierten en metáforas de la vida misma y, quizá, allí radique una parte del interés y la fascinación que generan. En primer lugar, al igual que las sociedades, las empresas o las familias, es posible entender al fútbol como una actividad que combina el trabajo de conjunto o de grupo con la eficacia y la destreza personal de cada uno de sus miembros y, en particular, con la genialidad de una o varias individualidades. Para triunfar, hacen falta los dos elementos. Un buen trabajo en equipo, bajo una clara estrategia, pero también la genialidad de una estrella que aproveche las circunstancias que crea el conjunto y haga goles. El Barcelona parece combinar los dos elementos. Es un equipo disciplinado en el que todos, hasta Messi, trabajan, por ejemplo, en la recuperación del balón. En la selección de Colombia, como en nuestra sociedad, tenemos excelentes jugadores que brillan en equipos de distintas latitudes, pero pocas veces hemos podido jugar en equipo. La misma selección argentina no ha podido aprovechar a Messi como lo ha hecho el Barcelona, porque ha tenido problemas para entenderse como conjunto. El éxito de un país, de una organización o de una empresa consiste en encontrar la combinación precisa entre un trabajo de conjunto, que no ahogue y que permita el florecimiento de la creatividad y el genio de sus sujetos.

Como la vida, el fútbol es también una sucesión de jugadas o de partidos, que pueden ser entendidos como problemas, que hay que resolver uno tras otro. Pero la solución de un problema crea otros nuevos. Si se hace un gol, se crea el problema de defender la ventaja o de consolidarla. Con la victoria, llega la alegría, la satisfacción del deber cumplido, pero también la pesada carga de defender lo ganado, el prestigio o la primacía. Si es un campeonato local, ahora se trata de ganar el nacional y, si es el nacional, el continental o el mundial. Con cada triunfo, se ajustan las expectativas. Así, la solución de un problema crea otros nuevos, cuyas soluciones, a su vez, crean otros y así, ad infinitum. Por la misma razón, en el fútbol, como en la vida, es imposible predecir los resultados. Si pudiéramos predecir el futuro, deberíamos tener las soluciones a problemas que aún no se han creado. Finalmente, los jugadores maduran, envejecen y se retiran, como en la política, en las organizaciones o en los negocios. Pero queda el juego del fútbol, con sus instituciones, sus reglas y sus convenciones. Unas reglas creadas por personas hace más de un siglo y que pasarán a generaciones futuras. En ese sentido, el fútbol le da razón a Edmund Burke cuando dijo que la sociedad es, en realidad, un contrato social. Pero no sólo entre los vivos. Es también un contrato entre los vivos y las generaciones pasadas. Pero, igualmente, es un contrato entre los vivos y los que todavía no han nacido.

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