Por: Lorenzo Madrigal

¡Salud, presidentes!

Poco o nada se sabía en nuestro país de la salud de los presidentes. Según entiendo, el único que murió en ejercicio del mando fue Francisco Javier Zaldúa, a la “avanzada” edad de setenta y un años. Generalmente el clima sabanero les hacía daño a casi todos e iban a parar a los sitios de veraneo relativamente cercanos.

Sanclemente gobernó desde Villeta, pero lo derrocaron del poder. López buscaba el calor de su finca en La Esperanza (Las Monjas) o en el Llano; Santos se refugiaba en El Ocaso (Bizerta); Abadía fue a templar a La Unión, donde murió como expresidente; Núñez en Cartagena (El Cabrero), gobernaba por medio de otro; claro que no hay que confundir los sitios de descanso con los de residencia habitual o donde iban a terminar sus días luego del mandato, como el presidente Gabriel París en la población de Nilo o Echandía en su entrañable Ibagué.

Un mandatario podía estar “aquejado de graves dolencias”, pero no se daban mayores detalles, o moría luego del ejercicio víctima de una “penosa enfermedad”. Sin saberse si era que la enfermedad era vergonzosa o que le causaba enorme pena y dolencia al paciente.

Pero miremos lo de hoy: lo que se quiera pensar, pero la transparencia del presidente Santos acerca de su mal, de sus antecedentes familiares y detalles íntimos es reflejo de un estilo democrático, hasta ahora no desmentido. Quizás hubo exceso en lo mediático, al entrar de madrugada a la clínica, con micrófono en mano y aparecer por la ventana, al día siguiente de su intervención, como en bendición papal, Urbi et Orbi.

Contrasta, por supuesto, con los autodiagnósticos de Hugo Chávez, cuando él mismo ha fungido de paciente, de facultativo y de laboratorio clínico. Al punto que hoy, radiante de fuerzas físicas, hinchado sí, pone en duda si lo de su enfermedad fue del todo cierto o parte de un complot sentimental. Pero está enfermo.

Fue muy oculto el mal del vicepresidente Angelino Garzón y ni el propio presidente pudo acercarse a su lecho de enfermo, los primeros días. Debió temer la descalificación por mala salud que hoy le quieren aplicar desde el Congreso, donde casualmente un médico es presidente de la corporación.

Su aspecto público (el de Angelino), a través de los medios, no es el mejor, pero estimo que no debe obligárselo a un examen, que no está previsto en la ley, y constituye gran irrespeto. Otra cosa es que la corporación legislativa pueda decidir si sus condiciones son apropiadas para dirigir eventualmente a la Nación. El Congreso verá cómo llega a cualquier conclusión, pero no es obligando al alto funcionario a que acuda como oveja al matadero, para luego quitarle el puesto.

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Alguien me dijo que lo más curioso es que enferma de gravedad el presidente y el que pierde el puesto es el vicepresidente.

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