Roberto Esguerra Gutiérrez 7 Oct 2012 - 9:53 pm

Corbatas, de las unas y de las otras

Roberto Esguerra Gutiérrez

La corbata, prenda de vestir: “tira de seda o de otra materia que se anuda o enlaza alrededor del cuello, dejando caer los extremos” (definición del DRAE), es muy diferente de la acepción muy colombiana de un empleo “de poco esfuerzo y buena remuneración”, la misma palabra con dos significados muy distintos que muestran tendencias opuestas, pues mientras unas parecen estar en sus últimos días, las otras siguen tan campantes.

Por: Roberto Esguerra Gutiérrez
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¿Será que la corbata de vestir está destinada a desaparecer, así como desapareció el sombrero, que usaron los cachacos de siglos pasados, cuando en estas tierras frías consideraban impensable salir a la calle con la cabeza descubierta? Así como hoy es completamente inusual ver transitar por las calles de nuestra capital a un ciudadano con sombrero, la corbata parece estar sumiéndose en el desuso, ya que cada vez somos más escasos quienes la portamos, lo que indica que probablemente está siguiendo el mismo curso. Si es así, en poco tiempo serán tan escasos los almacenes que venden corbatas como hoy son escasas, si es que todavía hay alguna, las famosas sombrererías. Situación bien distinta la de las regiones de tierra caliente, en donde el reinado del sobrero está garantizado y seguramente “vueltiaos”, “aguadeños” y corroscas seguirá habiendo para siempre.

Hoy, en ningún colegio, a no ser en los pocos que tienen uniforme con esta prenda, se ven estudiantes con vestido de paño y corbata, como era usual hace unos años en los últimos grados del bachillerato. También en las universidades, ver estudiantes o profesores con corbata es cada vez menos frecuente, cuando a mediados del siglo XX era lo usual, especialmente en ciertas profesiones como el derecho y la medicina.

Ya muchas recepciones, así como la mayoría de las reuniones sociales, se hacen con trajes informales; pocos restaurantes de nuestras Américas exigen corbata, aunque los más tradicionales de Europa y de otras latitudes todavía lo hacen. Me impresionó hace poco que asistí a una importante reunión médica en Norteamérica, en la cual tradicionalmente el atuendo fue muy formal, que para esta ocasión la invitación advertía que se debía asistir con traje de negocios con “un toque de elegancia”; para mi sorpresa, sólo una apabullante minoría lucía corbata, la gran mayoría tenía camisas informales y no faltaron incluso zapatos tenis y pantalones vaqueros.

Odiada por algunos, tolerada por otros y amada por unos pocos, la corbata ha cargado en nuestro medio con el estigma de supuestamente representar poder, riqueza o altas clases sociales, cuando en realidad representaba más un formalismo social que imponía a empleados, funcionarios y trabajadores de cierto nivel o que atendían público la necesidad de vestir con corbata. Ciertamente, hoy priman lo práctico y lo cómodo sobre lo formal.

En cambio, las otras corbatas, las burocráticas, parece que seguirán estando para siempre de moda, pues constituyen un excelente medio para que gobernantes de todos los niveles neutralicen opositores, puedan congraciarse con eventuales competidores políticos, pagar favores, abrir puertas, atraer otras tendencias políticas y aun premiar a derrotados contradictores de las contiendas electorales. Son elemento característico de la politiquería, porque no lo son de la buena política, que no debe concebir entre sus diferentes opciones un elemento tan pobre y tan ajeno al ejercicio democrático del poder.

Me declaro abierto enemigo de las corbatas que se confeccionan con los infinitos recursos del Estado y que tanto daño hacen y cuestan al país, a la vez que rindo un tributo a la prenda de vestir que parece estar irremediablemente condenada a su desaparición cercana, cuando todos quisiéramos que las que se acabaran fueran las otras.

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Opinión por:

maquiaverlo

Lun, 10/08/2012 - 10:32
Dada la rancia estirpe de las corbatas elaboradas con los recursos del Estado que se les niegan a quienes jamás usaron o usarán la prenda en vía de extinción, es muy probable que la primera siga campeando y devengando en despachos presidenciales, ministeriales, congresionales y demás "instituciones" de nuestra Democracia más antigua de América. La cintica esa es mejor que desaparezca para que sea perfectamente visible la diferencia entre el "inepto vulgo" y la exclusiva élite.
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