Por: Ignacio Zuleta

Yo no soy mis babas

Los pensamientos y las emociones son flujos de energía con una dinámica que es por lo general poderosa y caótica; estar a merced de este vaivén es una esclavitud.

Si la mente ordena: “¡reacciona!”, obedezco y, por lo tanto, no actúo desde la libre voluntad. Si las emociones dicen: “¡entristécete!”, siento congoja, y así ad infinitum. Si vivo identificado con la mente y los sentimientos estaré condenado a sufrir los altibajos de esta montaña rusa.

Porque existe una enorme diferencia entre la mente y la conciencia —con mayúscula—. Para el yoga y para la psicología profunda, la conciencia es una facultad superior, mientras la mente es sólo una herramienta. La atención expandida, que se cultiva y se refina a través de disciplinas espirituales o de ayudas botánicas o químicas, es un testigo imparcial de las actividades de la mente y las emociones, observa sin involucrarse y permite actuar así desde el verdadero centro del libre albedrío. Además, sin distancia no hay sentido del humor y la vida pierde brillo y ligereza.

En este orden de ideas, mi pensamiento a su vez puede considerarse como una especie de excrecencia de la mente, no muy distinto de la saliva que producen las glándulas, y creer que soy lo que pienso equivale a identificarse con las babas. Pero no soy ni mis pensamientos ni mis babas. ¿Qué soy entonces?

Naturalmente cada uno busca su respuesta. Con regularidad casi predecible las revistas como Time o New Scientific publican artículos de fondo que discuten si la conciencia depende o no del cerebro. Pero aquí, en donde la física y la metafísica se encuentran, las conclusiones nunca son definitivas. Para quienes están convencidos de que son únicamente materia corruptible y finita, o que piensan luego existen, la respuesta es que lo que sus mentes y emociones dictaminen, eso se hace. Para quienes creemos que hay algo más allá de la vida fisiológica, la respuesta podría ser: “Yo soy una conciencia inmortal, parte de la conciencia superior; de allá vengo y allá vuelvo”. Y esta perspectiva permite en consecuencia una distancia suficiente para no enredarse con las expresiones limitadas y veleidosas de la mente y ayuda a reírse de sus disparatadas ocurrencias. Tomar la mente en serio es un buen chiste.

La habilidad de conservar la distancia de los movimientos mentales y emocionales se adquiere con la madurez y también puede desarrollarse con técnicas de meditación y disciplina. La serenidad y la sabiduría de los ancianos que están por encima del bien y del mal son precisamente esas facultades de observar con desapego y buen humor la alharaca incesante de la-loca-de-la-casa sin subirse a su vertiginosa montaña rusa o por lo menos reservándose el derecho de bajarse. Esa, dicen los que la logran, es la verdadera libertad.

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