Por: Mauricio Rubio

Celos verdes y celos negros

"Cuidado con los celos. Son el monstruo de ojos verdes que se burla de la carne de la que se alimenta" le advierte Yago a Otelo.

Una adaptación local de la obra de Shakespeare debería cambiarle el color de los ojos al monstruo. No sólo porque los verdes no son frecuentes en Colombia sino porque aquí abundan los testimonios de celos negros, más agresivos. Ofelia, campesina tolimense, ofrece un ejemplo: “mi marido cuando estaba borracho era celoso y me pegaba porque alguien me miraba”.

Para el objetivo de retener a la pareja -esa es la función de los celos- se han identificado dos tipos de tácticas. Las positivas como los regalos, las caricias, las palabras amables, la comprensión y por otro lado las negativas o amenazantes, incluso violentas. Las primeras corresponden a lo que Lucy Vincent, “neurobióloga del amor”, ha denominado celos verdes, con los que se busca sostener la relación a base de recompensas. Los celos negros, por el contrario, llevan a una exageración de los procesos normales para mantener la atención de la pareja y tornan coercitiva la respuesta. Los celos verdes son la zanahoria, los negros el garrote.

Para la reacción ante el tercero también es útil la diferenciación. Verdes o negros reflejan el dilema entre querer entender, perdonar e incluso imitar a quien atrajo a la persona amada, para reconquistarla, o en el otro extremo, buscar hacerle daño. Así, según Vincent, los verdes son unos celos productivos que estimulan la competencia mientras que los negros, destructivos, conducen al conflicto.

Los celos verdes son más discretos y por eso es fácil ignorarlos o confundirlos con negligencia e ingenuidad. Los negros son más taquilleros pues alimentan el drama. Son los que aparecen en los incidentes graves de violencia de pareja que llegan a los medios. Los vallenatos, ricos en despechos, no ofrecen mucha verdura. “Asi es mi vida y no voy a cambiar. Soy celoso y qué soy celoso y qué”. En las aventuras amorosas de los grandes capos, las más difundidas, también predomina el negro, más bien azabache, ante cualquier duda. Aunque en sus memorias una famosa amante deja entrever que varias veces buscó provocar en Pablo unos celos verdes con sus conquistas anteriores, como para civilizarlo, fueron más fuertes las negras inclinaciones de Escobar.

Un caso paradigmático de destrucción por celos es el de los Cárdenas y los Valdeblánquez, dos familias guajiras que virtualmente se exterminaron en una guerra sin cuartel que duró veinte años, dejó decenas de muertos y cuyo detonante fue un ataque de celos negros. “El uno como que encontró al otro con la vieja y empezaron a discutir y entonces el man, no joda, te voy a matar, cuando fue que aquel no alcanzó a sacar y este de los Cárdenas de una vez lo aseguró, lo jodió”. El incidente condujo a una escalada inagotable de retaliaciones impulsadas por otra pasión que nunca es verde, la venganza.

La información sobre celos en Colombia es fragmentaria y poco sistemática. Por alguna extraña razón se erradicaron de las encuestas que indagan sobre violencia en la pareja las preguntas sobre infidelidad y celos, como si averiguar y entender fuera equivalente a justificar.

El Sensor Yanbal 2012 es una excepción, y sugiere que en Colombia los celos serían más verdes que negros, en particular por el lado femenino. El 85% de los hombres y el 77% de las mujeres infieles, y cuya pareja se enteró, reportan haber sido perdonados. Como en otros asuntos, para retener a la pareja es mejor la zanahoria que el garrote. Los datos de esta misma encuesta sugieren que los celos femeninos son más eficaces: sólo un hombre de cada tres pudo mantener su aventura en secreto contra casi la mitad de las mujeres. Además, ellos están mucho más de acuerdo que ellas (47% contra 22%) con la frase “mi pareja me cela porque me quiere”.

Las observaciones anteriores no implican desconocer la importancia de los celos negros en el país. Los hay, son un problema grave, los sufren sobre todo las mujeres y merecen capítulo aparte.
 

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