Opinión |10 Oct 2012 - 11:00 pm
Desindustrialización
Por: José Fernando Isaza
En países desarrollados, cuando la industrialización alcanza niveles del 30% del PIB va disminuyendo su peso y se produce un mayor crecimiento en el sector de servicios parte en alta tecnología. Esta reducción tiene lugar durante largos períodos, contrayéndose en promedio 2,5 puntos porcentuales por década.
En Colombia, la disminución ha sido más acelerada. Del 23% del PIB en 1970, hoy la industria contribuye con el 12%. En la década de los 90, la reducción alcanzó ocho puntos. En el país, las cifras del desempleo informal cercanas al 65% permiten concluir que el empleo en los servicios es minoritario en el sector moderno. Algo va de un programador de software a un vendedor de paletas.
El modelo económico en el país tiene un sesgo contra la generación de empleo; las gabelas tributarias otorgadas a las grandes empresas disminuyeron los ingresos fiscales pero no generaron empleo. Se vive una situación en la cual, si bien la economía crece, el desempleo se mantiene en niveles del 10%. El empleo se genera en actividades de baja productividad e ingresos.
Se anuncia que uno de los objetivos de la reforma tributaria es aumentar los niveles de empleo al reducir los aportes parafiscales. Al iniciarse la anterior administración se produjo una reforma laboral que redujo los ingresos de los sectores más vulnerables (celadores, mensajeros), anunciando que disminuiría el desempleo, cosa que no se dio. No obstante el crecimiento de la economía, los niveles de desempleo bordearon el 15%.
Nuestro filósofo Pambelé diría que es mejor tener minería que no tenerla, pero en ésta no descansa la reducción del desempleo. La minería alcanza el 7% del PIB, pero sólo contribuye en el 1,2% del empleo. El Estado debe negociar la explotación minera en forma tal que la sociedad obtenga por regalías, impuestos, manejo ambiental responsable, los costos de la explotación de un recurso no renovable. La participación del Gobierno en las utilidades mineras es inferior a la de países latinoamericanos como Perú y Chile. A lo anterior debe agregarse la falta de medidas macroeconómicas que protejan al país de la “enfermedad holandesa”. Este nombre evoca la desindustrialización de Holanda como consecuencia de la revaluación generada por la explotación de yacimientos gasíferos. Los ingresos provenientes de la exportación de productos primarios y de la inversión extranjera aprecian la tasa de cambio y afectan la competitividad del sector de bienes transables, en particular la industria y la agricultura, contribuyendo a la desaceleración de estos sectores generadores de empleo. La agricultura, que participa en el PIB casi en el mismo nivel que la minería, genera siete veces más empleo.
Siglos atrás, durante la Conquista, al apoderarse del oro de las colonias, España encontró más simple comprar con éste manufacturas inglesas, impidiendo cualquier asomo de modernidad en las colonias y anulando la posibilidad de la metrópolis de entrar a la revolución industrial. No es inevitable la “enfermedad holandesa”. Medidas fiscales y ahorro les han permitido a algunos países aprovechar sus recursos y a la vez evitar la desindustrialización.
El director de cine Fernando León de Aranoa ha recreado en Los lunes al sol el costo psicológico, familiar y social del desempleo que acompaña a la desindustrialización.
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