Por: Gustavo Páez Escobar

Andrea Marcela

Andrea Marcela salió de su casa a las 8:30 de la mañana. Iba a efectuar una llamada telefónica. Y no regresó. Tenía 12 años y era muy querida en el barrio El Milagro, de Tunja, donde residía.

Desde que el primero de octubre se supo su desaparición, las autoridades iniciaron su búsqueda en Tunja y en los municipios cercanos. Nadie dio razón de ella, y el caso se convirtió en un misterio. Una llamada a la Policía, seis días después, permitió localizar su cadáver, con signos de tortura, a un lado de la vía que conduce de Tunja a Villa de Leiva, en el lugar que por cruel ironía lleva el nombre de La curva del muerto.

Dantesco cuadro este de encontrar a la niña quemada y atacada por los perros. Muy poco quedaba de ella. Con solo pensar en esta escena, se obnubila la mente para admitir que semejante acto de salvajismo lo pueda cometer un ser humano. El ánimo se exaspera frente a este crimen horrendo. La persona que lo ejecutó no puede ser sino un monstruo que se arrastra por las cloacas de la degradación moral.

Ese tal –bestia o demonio–, que debió de consentir la idea con instinto abyecto y mente criminal, no merece un sitio en el mundo. Es posible que la tendencia sádica se le haya incubado en el alma desde el propio hogar, que no supo inculcarle principios. Y es preciso reflexionar sobre la falta de valores que existe en el mundo actual y proviene de la deformación de la familia, de donde salen seres desadaptados y rebeldes que mañana pueden ser sicópatas u homicidas.

Las pruebas iniciales practicadas en los residuos corporales de Andrea Marcela no permitieron hallar signos de abuso sexual. Lo cual no descarta la posibilidad de esa atrocidad ejecutada en una niña de 12 años, a quien le fue sellada la sonrisa en pleno despertar de la ilusión. Conturbados y movidos por la indignación, 8.000 estudiantes marcharon por las calles de Tunja en protesta por el atropello y en solicitud de justicia.

Coincide este hecho con la celebración, este 11 de octubre, del Día Internacional de la Niña, declarado por primera por Naciones Unidas para llamar la atención sobre los maltratos, discriminación, violencia y abusos sexuales que se cometen contra las niñas en el orbe entero.

En Colombia, estremecen estos datos: de los 22.597 exámenes por presunto delito sexual practicados por Medicina Legal en el 2011, el 80 por ciento (18.077) correspondió a niñas; en el mismo año fueron asesinadas 214 niñas menores de 18 años; 458.947 niñas entre los 5 y los 16 años no reciben educación escolar; es alarmante el número de niñas que reclutan las guerrillas para violarlas y hacerlas esclavas sexuales.

En Mariquita, el pasado 18 de septiembre, Brillith Lorena González, de 14 años, que había recibido grandes traumas en su casa, apareció de repente armada con un revólver en la cancha de básquet del instituto donde estudiaba, y se suicidó en presencia de los profesores y los alumnos. El germen suicida lo llevaba incrustado en la mente desde mucho tiempo atrás: varias veces había llegado a su casa con pistolas de juguete, y un día se cortó los brazos con una cuchilla de afeitar.

Andrea Marcela fue sepultada en Soracá, municipio aledaño a Tunja. Su tragedia consterna a la sociedad boyacense. Sentimos vergüenza y pena por semejante ultraje a la inocencia y al derecho de ser niña. Esta mártir muestra el rostro –en pleno Día Internacional de la Niña– de la violencia que se ejerce contra ellas. Con el correr de los días, su caso pasará al olvido. Permanecerá, eso sí, una cruz en un solitario cementerio que se levanta al cielo pidiendo clemencia por la niñez desamparada. Por la niñez carente de afectos, de ilusiones y de horizontes de vida.

escritor@gustavopaezescobar.com

Buscar columnista

Últimas Columnas de Gustavo Páez Escobar