Por: Mauricio García Villegas

Aprender a gobernar

A cada grupo político le gusta hablar de lo que sabe. La izquierda habla de derechos sociales, de participación política y de derechos humanos, entre otras cosas.

A la derecha, en cambio, le encanta hablar de seguridad, de moral, de cultura, de negocios, etc. Debo confesar que siento una atracción particular por los temas que le gustan a la derecha. Tal vez por eso es que algunos amigos de izquierda me tildan de conservador. Pero se equivocan. Lo que pienso es que esos temas son muy importantes; quizás demasiado importantes para dejarlos en manos de la derecha.

Mucha gente de izquierda menosprecia la importancia que la Policía y el Ejército tienen en la construcción de una democracia estable y en la protección de los derechos humanos. El hecho de que las Fuerzas Armadas hayan sido (o sean) focos de represión ciudadana los lleva a pensar que la sociedad podría estar mejor sin ellas. De ahí viene ese cándido encanto que algunos líderes de izquierda en América Latina tienen (salvo cuando les toca gobernar) por las ideas anarquistas, por la democracia directa y por el autogobierno. El problema es que al descalificar (con buenas razones, lo sé) a los represores, cuestionan, por ahí derecho, la función que ellos mismos están llamados a cumplir. De esta manera, como se dice popularmente, botan al niño con el agua de la bañera.

Algo parecido pasa con los temas culturales y morales. Se sabe de la manera muchas veces amañada e hipócrita como las élites civiles y eclesiásticas hablan de los valores y de los principios. El problema es que eso ha llevado a algunos en la izquierda a desconocer la importancia que esos temas tienen en la cohesión social y en la estabilidad democrática. Aquí pasa lo mismo: la crítica radical acaba no sólo con quienes hacen mal las cosas, sino con la cosa misma que deberían haber hecho bien. Tengo la impresión de que los últimos alcaldes de Bogotá han hecho justo eso al subestimar los avances en cultura ciudadana conseguidos durante las administraciones de Antanas Mockus.

Con esto no quiero proponer que la izquierda y la derecha abandonen sus preferencias temáticas. Lo que digo es que hacer política democrática consiste en priorizar valores y principios (por ejemplo, la igualdad sobre la libertad), más que en escoger unos y botar los otros a la basura. Gobernar no sólo implica adelantar políticas públicas sobre los temas preferidos, sino sobre todos los temas. Por desconocer eso es que la izquierda tiene más vocación de oposición que de poder: cuando gana las elecciones (en Bogotá, en Caracas o en La Paz) se da cuenta de que temas como la eficiencia administrativa, la producción de riqueza y los derechos de propiedad no son temas de derecha sino temas de gobierno. El problema es que no tienen gente preparada para trabajar en eso: sobran los líderes populares (lo cual está muy bien), pero escasean los banqueros, los industriales y los gerentes.

Vuelvo al inicio. Los temas que le gustan a la izquierda son tan importantes como los temas que le gustan a la derecha. Por eso, si de lo que se trata es de tener vocación de poder (no sólo de oposición), la izquierda latinoamericana debería interesarse más por cosas como la administración de empresas, la seguridad y la cultura de la legalidad (de la misma manera como la derecha debería interesarse más por la pobreza y las violaciones a los derechos humanos).

Lo que digo no sólo sirve de preparación para gobernar, también sirve para crear (mientras tanto) un debate político más ilustrado, menos autista y menos polarizado.

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