Por: Felipe Zuleta Lleras

Eutanasia

Esta semana pasó en primer debate el proyecto de ley que pretende poner en blanco y negro el tema de la eutanasia.

Sin lugar a dudas es un derecho que debería tener cualquier ciudadano: el de pedir que lo asistan en su muerte cuando la enfermedad es terminal, cuando no pueda tomar decisiones por sí mismo y cuando los médicos digan que el paciente no volverá a tener conciencia. Por supuesto que no pretendo entrar en los tecnicismos, pero en términos generales ese es el marco que pretende regular el Congreso, siguiendo los lineamientos de la Corte Constitucional que, mediante sentencia, estableció ese derecho.

Como siempre los godos y la Iglesia están del mismo lado, aduciendo que eso resulta ser un asesinato, olvidando de manera premeditada que nosotros somos dueños de nuestras vidas y que, si bien Dios nos la dio, una vez la tenemos, ejercemos el libre albedrío. Quienes hemos visto morir a nuestros seres queridos, y yo lo vi con mi madre, sufriendo e implorando a gritos que no los dejáramos sufrir más, entendemos que la eutanasia más que un acto de egoísmo es un acto de amor, de compasión cristiana.

Todavía la recuerdo retorciéndose de los dolores, porque los analgésicos no le servían, ni siquiera las altas dosis de morfina inyectada literalmente a chorros. En esa época, 1993, los médicos de la clínica del dolor hicieron todo lo imposible para disminuirle sus sufrimientos, pero todos sus esfuerzos eran en vano.

Mi madre miraba al infinito con los ojos perdidos en el más allá, suplicando que la dejáramos ir en paz, y sus hijos sólo atinábamos a consolarla con palabras que difícilmente entendía entre su dolor miserable y su estado de somnolencia profunda.

Como este caso hay miles más en las familias colombianas, muchas de ellas, si no todas, profundamente religiosas, que mientras oyen a sus párrocos hablar de la eutanasia como un asesinato, vuelven a sus hogares a ver sufrir, lamentarse, pedir a sus seres queridos que por favor los dejen ir sin hacerles más cosas. Ellos le rezan a Dios para que los ilumine, y paradójicamente, le ruegan para que se los lleve rápido, teniendo en la eutanasia el instrumento para hacerlo, sin que se vuelvan pecadores, porque no pueden serlo quienes hacen semejante acto de amor. ¿Acaso alguien puede pensar en algo más amoroso que dejar ir a su mamá, por ejemplo, para que no siga sufriendo?

La muerte no puede ser nada distinto que un paso para llegar al lado del Señor, pues así lo creen los cristianos, por lo que ayudarle a un ser querido a estar cerca de su Dios no es jamás un asesinato, cuando esa persona está sufriendo.

El debate apenas comienza y sólo nos queda esperar que la Iglesia católica no siga pretendiendo convertir en delito lo que para ella es pecado, pues aparte de ser Colombia un Estado laico, lo realmente importante es que desprenderse de alguien que uno ama, para evitarle el sufrimiento, no puede ser nada distinto que una manifestación del más verdadero y puro amor.

 

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