Por: María Elvira Samper

Más allá de la reelección

¿Qué hay más allá de la reelección de Hugo Chávez? Los analistas siguen aventurando hipótesis sobre cuál puede ser el futuro de Chávez, del chavismo y, sobre todo, de Venezuela.

Para empezar, Chávez logró evitar que la incertidumbre sobre su estado de salud afectara su victoria, y el resultado electoral, contundente, se explica en buena parte por el uso y abuso del poder y de los recursos del petróleo, pero también por la fuerza de su liderazgo caudillista, carismático y mesiánico que lo mantiene en conexión con las mayorías más pobres que se han beneficiado de los programas asistencialistas del Gobierno, que no se ven afectadas por las expropiaciones y las restricciones a la libertad de empresa y de prensa, y a quienes más que el debate sobre las políticas públicas o su viabilidad, los seduce emocionalmente el discurso de la inclusión y las reivindicaciones sociales.

La conexión con el padre-caudillo que les ha devuelto la esperanza a los sectores tradicionalmente excluidos o, como dice el analista Juan Cristóbal Nagel, “la historia de amor entre el pueblo y su líder, ese que a sus ojos ha hecho mejores sus vidas gracias al uso generoso de los petrodólares de la nación”, explica en buena parte que la mitad de los venezolanos votaran por la reelección de Chávez. Pero la otra mitad le está diciendo que no comulga ni con su estilo de gobernar, ni con su Revolución Bolivariana, ni con su socialismo del siglo XXI. Y a ese medio país fue al que, por primera vez, el mandatario le tendió la mano el domingo del triunfo cuando reconoció la legitimidad de la oposición encabezada por Capriles e hizo un llamado al diálogo.

La oposición no se hace ilusiones. El gesto, como otras veces, no pasará de las palabras, y pese a que en la campaña el mandatario se dio golpes de pecho por las promesas incumplidas, por las metas no alcanzadas, por las defiencias de gestión, pese a que pudo palpar el descontento, abrirle espacios a la oposición significaría aceptar que es necesario rectificar el rumbo, y hacerlo sería traicionarse, negarse a sí mismo. El problema es que su obra, su propia herencia de 14 años en el poder, es un país dividido y un modelo que es la causa de la crisis.

Venezuela es un país dependiente del petróleo y las importaciones, con un aparato productivo destruido y empresas estatales que arrojan pérdidas millonarias; con la infraestructura en ruinas y el sector energético en crisis; con déficit de vivienda, y la salud, la educación y los servicios en estado precario; la inflación en 28%, la más alta de América Latina, y la deuda disparada; niveles altísimos de corrupción y una marcada debilidad institucional que alimenta la impunidad, y además asolado por la inseguridad: 19.000 homicidios al año, una tasa de 3,8 secuestros por cada 100.000 habitantes (más alta que la de México: 1,1 por cada 100.000 personas) y millones de armas en manos de la población civil. Un cúmulo de problemas que el Gobierno no sabe cómo o no tiene la capacidad de superar en forma constructiva.

Chávez le seguirá apostando al control estatal de la economía con más nacionalizaciones, como lo hizo luego de ganar las elecciones en 2006, cuando ordenó expropiaciones en los sectores de telecomunicaciones, eléctrico y petrolero, y continuará entregando crudo a países amigos como Cuba, que recibe 100.000 barriles diarios. En fin, seguirá profundizando un modelo fracasado. ¿Hasta cuándo? Depende en buena medida de los precios del petróleo, pero también —hay que decirlo— de si el cáncer le permite permanecer al timón. El chavismo sin Chávez no tiene el futuro asegurado. El nuevo y claro liderazgo de Capriles abrió un nuevo capítulo en la historia política de Venezuela.

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