Por: Eduardo Sarmiento

La sin salida del euro

Europa no da señales de recuperación.

Las medidas del Banco Central Europeo para reducir las tasas de interés de los bonos de España y Grecia no han tenido mayor impacto sobre la actividad productiva. A diario se bajan las proyecciones de crecimiento de la región y de contera las del mundo.

Las soluciones al euro cada vez son más disparatadas e inútiles. Blanchard, vicepresidente del FMI, propone como gran salida elevar la inflación en Alemania y Francia para mejorar la competitividad de España, Grecia, Portugal e Italia. Dentro de una total ingenuidad se piensa que la falla estructural se resuelve con ajustes nominales de los precios y los salarios.

Cada día hay más evidencias de que la crisis de Europa se origina en un problema teórico que data desde su iniciación hasta la fecha. Los más distinguidos economistas que contribuyeron a la creación del sistema partieron de la premisa de que el comercio mundial es determinado por el principio de ventaja comparativa formulado por Ricardo a comienzos del siglo XIX. Se considera que el comercio internacional es un simple intercambio de bienes que los países están en condiciones de colocar ilimitadamente los mercados internacionales. Así, el número de productos y el volumen de exportación son independientes de los salarios relativos. Los países con diferentes niveles de productividad pueden coexistir con la misma moneda y, en general, bajo condiciones similares.

El error está en el desconocimiento de la realidad que a diario revela que los países no se especializan en los bienes de ventaja comparativa. En razón de que estas actividades están limitadas en los mercados internacionales, los países tienen que producir y exportar otros bienes para propiciar el crecimiento y balancear las cuentas externas. La norma general del comercio internacional no es la especialización en unos pocos productos de ventaja comparativa, sino la abierta confrontación para producir bienes comunes.

Tampoco es cierto que las condiciones en los países sean independientes de los socios. Las economías que van atrás en el proceso de desarrollo y experimentan menores aumentos de la productividad sólo pueden subsistir en tanto que sus remuneraciones disminuyan con respecto de los socios de mayor desarrollo. El drama de Europa reside precisamente en que la productividad de Alemania ha subido en forma notable en los últimos diez años y los salarios han bajado con respecto a los países periféricos.

El peor de los mundos para corregir semejante desbalance sería la reducción generalizada de salarios inducida por la recesión o la inflación. Dentro de las proscripciones del libre comercio a la selectividad, como alternativa se plantea una cuantiosa devaluación que limite la reducción de los costos laborales a los bienes transables. El expediente afectaría menos los salarios, a tiempo que implicaría el abandono de la moneda única y el retiro del euro.

Estamos ante una nueva evidencia de que la globalización envilece los salarios. Una de las secuelas del libre mercado, que se observa a lo largo y ancho del planeta, ha sido el deterioro de los ingresos laborales en relación con la productividad y la reducción de la participación del trabajo en el PIB.

La lección es clara. El euro es el resultado de una teoría equivocada que considera que los países con grandes diferencias de productividad pueden operar en las mismas condiciones de los países mas avanzados y, más aún, con una moneda común. De allí que la única solución viable del euro sea su fraccionamiento.

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