Por: Daniel Pacheco

No hagamos el Oslo

Oslo no es como el Caguán, nos recordamos permanentemente. Han pasado más de 10 años, las Farc están disminuidas, etc.

Sin embargo, una parte importante de la intelectualidad colombiana vuelve a esperanzarse con la oportunidad perdida para llevar a cabo una gran agenda reformista en medio de la negociación de paz con las Farc. En ese sentido, Oslo se está pareciendo mucho a San Vicente.

“Una paz negociada implicará reformas sustanciales”, dice la declaración pública firmada por 300 personalidades de la academia, los medios y la política. La agenda de reformas es ambiciosa: “Que afronten la aberrante inequidad, consagren medidas efectivas para el ejercicio de la oposición, atiendan en su raíz conflictos por la tierra, pongan fin a las violaciones de los derechos humanos y reparen debidamente a las víctimas”. Ni más ni menos.

En parte esta caguanización de Oslo viene como consecuencia de la promesa presidencial con la que se abrieron los diálogos. Como dijo Santos el 4 de septiembre: “Estamos ante una oportunidad real de terminar de manera definitiva el conflicto armado interno”.

Ahora, qué es exactamente el conflicto armado interno sigue siendo un misterio. Para la izquierda son las causas objetivas del conflicto. Para la derecha no existe y es simplemente una andanada narcoterrorista. Para los empresarios es el obstáculo que hay entre ellos y los miles de millones de barriles de petróleo. Para el Gobierno es un gasto permanente en seguridad, un cuello de botella a las regalías y la inversión extranjera, y, por supuesto, un botín electoral. Pero para la gran mayoría de colombianos, los mismos que quedarían arropados bajo esta gran reforma paralela al proceso de paz, el “conflicto armado” es tan sólo un eco en los noticieros.

En Oslo cada uno peleará por lo suyo. Pero los riesgos de abrir el corazón con derroche de generosidad cuando en la mesa de negociación, como lo piden los 300 firmantes, son múltiples.

Decir que la “paz implica reformas sustanciales” arranca asumiendo una posición de insurgencia frente al estatus quo, precisamente cuando se entra a negociar con una guerrilla. Estamos mal. Estamos muy mal, si se quiere, pero al final de cuentas somos un país imperfectamente democrático, y eso ya es mucho. Ha costado sangre, ha costado tiempo y ha costado esfuerzo, ahí sí, de la mayoría de colombianos. Hay hoy en Colombia vías institucionales de cambio.

Pero tal vez lo peor de caguanizar a Oslo es que podríamos terminar en un escenario donde hay paz con las Farc y ni siquiera entonces se habría acabado el tan nombrado conflicto armado.

Asumamos que en Oslo, y luego en La Habana, todo sale perfecto. Que se pacte un cese al fuego, un cronograma de desarme y reintegración, y las Farc se vuelvan un partido político, todo esto sin ninguna reforma adicional a las que ya se han emprendido.

¿No sería un oso decir que sin guerrilla continúa el conflicto armado?

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