Opinión |16 Oct 2012 - 10:24 pm
Visión global
Lecciones de paz
Por: Arlene B. Tickner
Arrancan las conversaciones en Oslo entre el gobierno colombiano y las FARC y con ellas viene a la mente la advertencia de Nelson Mandela de que la paz no se hace con los amigos sino que se construye con los enemigos.
Justamente por eso los procesos de paz exigen un alto grado de planeación y están llenos de obstáculos, altibajos, concesiones incómodas y riesgos políticos tanto para los estados nacionales como los grupos insurgentes. Se trata no menos de crear un espacio de diálogo que permite a quienes han sido antagonistas resolver las causas subyacentes de su enemistad.
De las más de 50 guerras civiles que han terminado desde finales de la guerra fría pueden derivarse lecciones de utilidad para el caso colombiano, no solo en términos de cómo se da fin a los conflictos armados sino qué es lo que hace que la paz sea sostenible (o no).
Primero, una vez sobreviva los primeros acercamientos entre las partes, un proceso de paz tiende a fortalecerse. Para llegar al punto en el que éstas compartan una relación incómoda o tensa, pero de la cual es más costosa salirse, puede ser necesario cierto nivel de reserva y exclusión. La publicidad en exceso puede reforzar las diferencias entre quienes negocian y permitir que los estropeadores dañen el proceso antes de que haya un acuerdo. Así mismo, al inicio de un proceso los negociadores suelen reducirse a quienes ejercen poder político, militar y económico, razón por la cual hay un predominio (inexcusable) de hombres. Sin embargo, en la medida en que las negociaciones avanzan debe disminuirse el secretismo y ampliarse la representatividad política de los participantes.
Segundo, los procedimientos y cronogramas ejercen una función positiva. Estructuran los procesos de paz de tal forma que enfocan la atención de las partes en metas específicas, ayudan a tratar los desacuerdos ordenadamente y mantienen el impulso cuando las conversaciones se entorpecen.
Tercero, las negociaciones corren el riesgo de convertir la guerra en una “paz negativa” que si bien, pone fin a las manifestaciones del conflicto armado no resuelve sus causas subyacentes. Un proceso de paz no termina con la firma de un acuerdo porque lo acordado en la mesa no siempre se traduce en resultados deseados. Por ejemplo, una ley de tierras puede no alterar la asimetría en su tenencia, como una política de reintegración y reempleo (producto de la reducción de la industria de la seguridad) no obliga a la empresa privada a contratar a quienes fueron actores armados ilegales o legales. De la misma forma, y como bien lo ilustran casos como El Salvador, Guatemala y Sudáfrica, la finalización de la violencia política puede agravar la violencia criminal si deja intactos o agrava problemas estructurales como la exclusión y la desigualdad.
Cuarto, la participación de la comunidad internacional es fundamental, pero no cualquier tipo es conducente a la paz. Ésta debe ser coordinada para evitar duplicar esfuerzos, o acciones contradictorias o competitivas. Así mismo, los participantes extranjeros deben gozar de confianza y legitimidad, y evitar imponer a los procesos sus propios intereses.
Uno de los riesgos que enfrenta el proceso que inicia -tras décadas de guerra y tantos intentos fallidos - es el desencantamiento, frene al cual la famosa frase de Mahatma Gandhi sirve de remedio: no hay camino a la paz, la paz es el camino.
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Arlene B. Tickner | Elespectador.com
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