Por: Nicolás Rodriguez

Del monte a la calle

Por supuesto que se pueden hacer todo tipo de bromas con que los de las Farc no han salido de la montaña, mientras que Humberto viene de la calle.

Aunque no hace parte de las tecnocracias para la transición que se enseñan en más de un diplomado en resolución de conflictos, el humor es un muy buen consejero para la paz.

Después, como suele ocurrir con este u otro de los chistes que circulan en la red, queda el tema de si se le puede o no sacar algo de punta al estereotipo utilizado en el ocurrente chascarrillo. En el caso del montañero, el toque socarrón que surge de la comparación con la calle, con lo urbano, se presta también para que se movilicen las taras y reproches sociales que hay en relación con los “montañeros”, variable citadina del también peyorativo “mucho indio”. O del aun poco estigmatizado “mucho guiso” (que huele a guiso, a tomate y cebolla, ¡a empleada del servicio!).

A los unos, los “guisos”, básicamente se les discrimina por su falta de distinción (un tema de clase, explican los sociólogos). A los otros, los “indios”, por tener rasgos y formas de vestir, de parecer, que se asocian a las comunidades indígenas (un tema de raza y etnicidad, por supuesto mezclado con clase, en un medio abierta o soterradamente racista, explican los historiadores). A los “montañeros”, en general, se les ridiculiza por venir de la montaña, por no haber bajado nunca del monte, ese lugar del antes de ayer que se resiste a la civilización. Por pertenecer, pues, al campo. Por campesinos.

Se dirá que toda esta retahíla es una mirada complaciente que justifica el resentimiento (si no es que la violencia) con que miran las Farc, cuyo origen campesino es por todos conocido, hacia el mundo. Y pues no, de eso no se trata. Es más, las Farc también han sido generosas con su terror a la hora de atacar, desplazar y reclutar personas pobres, afro descendientes e indígenas. Además de campesinos. Luego su violencia contra aquellos de lo que otros se mofan es bien real. Ni siquiera discursiva o simbólica.

Sin embargo, el chiste del montañero nos sigue produciendo alegría. Y ahí, en ese gesto, en esa apertura para la risa, se juega alguna parte de lo que probablemente podría significar la paz. Pues el punto no es censurar el chiste, el punto, la gracia, es que no debería ser chistoso.

nicolasidarraga@gmail.com

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Nicolás Rodriguez