Por: María Elvira Samper

El discurso de 'Márquez', trago amargo

Empieza un nuevo proceso de negociación con las Farc para poner fin al conflicto interno y, aunque cuenta con el apoyo mayoritario de la sociedad, el ambiente es de prudente y cauteloso optimismo porque el fantasma de anteriores intentos fracasados, en especial el del Caguán, aún flota pesadamente sobre la memoria de los colombianos.

Razones hay de sobra para descreer de las Farc, y la largada formal de la segunda fase de las conversaciones en Oslo abrió muchos interrogantes y sembró serias dudas sobre la verdadera voluntad de esa guerrilla para negociar.

Después de años de desierto mediático, Iván Márquez, el jefe de los negociadores de las Farc, aprovechó el escenario y la presencia de periodistas de todo el mundo para echar el tradicional y conocido discurso ideológico, doctrinario, dogmático, retórico, lleno de mentiras y verdades a medias, maniqueo y prepotente, que omitió, como era de esperarse, el lado oscuro: el secuestro, los crímenes atroces, las minas, las bombas, las tomas de pueblos, el reclutamiento de menores, el despojo de tierras, la destrucción de la infraestructura, el narcotráfico, las víctimas…

Fue un discurso torpe y miope de cara a la negociación y a la opinión, que cayó como un baldado de agua fría y sirvió para nutrir jugosamente los argumentos de los enemigos del proceso, pero fue coherente dentro de la lógica de las Farc, la lógica de los extremos: el Estado, victimario; las Farc, víctimas. Ingenuo era esperar un pronunciamiento diferente del veterano guerrillero, ingenuo creer que iba a mostrar un talante conciliador, que daría alguna señal de respeto o de reconocimiento de la legitimidad de su contraparte. Eran previsibles el tono y el contenido del discurso, entre otras razones, porque Márquez, ideólogo y miembro del secretariado, radical entre los radicales y exnegociador en los diálogos de Caracas y Tlaxcala y el Caguán, no podía presentarse como el vocero de una guerrilla derrotada, tenía que enviar a las bases el mensaje de que las Farc llegan con pie firme a la mesa de diálogo.

El pulso quedó planteado, el camino por recorrer es complejo y difícil, y no serán pocos los obstáculos por salvar. El discurso panfletario de Márquez es parte del juego de las Farc y no tomó por sorpresa a los negociadores del Gobierno, encabezados por Humberto de la Calle, cuya intervención, ponderada, seria, concreta y respetuosa con la contraparte, trazó los límites de las conversaciones y dejó absolutamente claro que el Gobierno —que esta vez tiene la sartén por el mango— no es rehén del proceso y que no discutirá temas distintos a los establecidos en la agenda. Dicho en otras palabras, que el objetivo no es arreglar y transformar el país en la mesa, sino acordar la forma de poner fin al enfrentamiento armado, que las Farc se incorporen a la vida civil con todas las garantías para hacer política, para defender sus ideas con las armas de la democracia. Nada menos y nada más.

Los hechos son tozudos: la lucha armada como estrategia para acceder al poder fracasó y el contexto regional no les es favorable, pues hasta los hermanos Castro y el presidente Chávez, que les ha dado refugio, consideran que el tiempo de los fusiles ya pasó. Desde 2005 hasta hoy se han resuelto más de 25 conflictos en el mundo mediante una negociación (la semana pasada en Filipinas). La negociación es la única salida viable y digna que les queda a las Farc, la última oportunidad para salvar los restos.

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