Por: Ramiro Bejarano Guzmán

Perdón para no olvidar

Sigo sin entender por qué la contralora Sandra Morelli se opuso al acto público de excusas a Sigifredo López, propiciado con valentía por el fiscal Eduardo Montealegre. Sostener que si la Fiscalía pedía perdón al exdiputado del Valle abriría las puertas de una segura condena patrimonial al Estado es mezquino y torpe.

Por fortuna, el fiscal Montealegre es consciente de que en el derecho internacional e interamericano hay diferentes medidas para reparar una violación manifiesta de las normas internacionales de derechos humanos o del derecho internacional humanitario, como la restitución, la indemnización, la rehabilitación, la satisfacción y las garantías de no repetición. Con el criterio alcabalero de la contralora, lo importante no es que el Estado, que se equivocó al encarcelar injustamente a alguien, repare la ultrajada dignidad y reputación de la víctima y su familia, y le ofrezca la garantía de que no se repetirá la ofensa, sino que semejante desafuero no le cueste un peso. Qué ordinariez y qué miserableza.

No es cierto que el ofrecimiento de excusas públicas de un funcionario, que admite su error antes de ser demandado, le resulte más gravoso patrimonialmente al Estado, como lo cree Morelli. Por el contrario, el ofrecimiento oportuno de perdón por parte del Estado aminora los perjuicios materiales e inmateriales que se derivan de la privación injusta de la libertad. En efecto, el perdón ofrecido públicamente detiene la generación del lucro cesante consistente en la privación de los ingresos habitualmente percibidos, como consecuencia de la exclusión de la víctima de su ámbito profesional o laboral. Igualmente, reduce el daño a la vida de relación perpetrado por la desvinculación del agredido de sus actividades habituales, por el sometimiento injusto a la investigación penal. Y, como si fuera poco, ese perdón espontáneo ofrecido antes de una demanda de reparación contra el Estado resarce anticipadamente el perjuicio moral de quien es investigado injustamente y el de su familia, porque en algo se alivia la tristeza, la congoja, la aflicción y la vergüenza pública.

Estuve presente en el acto de desagravio a Sigifredo y su familia convocado por la Fiscalía, en el que solamente desentonó la actitud del general Carlos Ramiro Mena, comandante de la Dijín. No le correspondía al alto oficial que en ese instante representaba a la Policía, presentarse vestido de civil. La escena me recordó la tramposa jugada de Pinochet, cuando se presentó en silla de ruedas ante un tribunal de Londres, para que nadie pudiera decir que lo habían sentado en el banquillo de los acusados. El astuto general Mena prefirió guardar el uniforme para no hacer partícipe del perdón a la institución que de todas maneras se manchó con los malhadados “dictámenes orientativos” (sic) rendidos por otros uniformados, con los cuales casi condenan a López a cadena perpetua. Peor aún su intervención destemplada, que de ningún modo ofreció excusas sinceras y que fracasó en el empeño de convencer al auditorio del imposible argumento de que todos los errores garrafales de la Dijín se habían perpetrado en nombre y por autoridad de la ley. Pensó más en su maltrecho prestigio, que en la grandeza del acto del que participó a regañadientes y sin convicción.

Hizo bien, pues, Montealegre en no haberse dejado intimidar por las voces monetaristas que lo retaron a persistir en la prolongación de un doloroso daño y en haber convocado a este justo acto de reparación que contó con la presencia de esa cumbre moral de monseñor Darío Monsalve, el valeroso prelado que está cambiando las caducas estructuras y perniciosas costumbres del arzobispado caleño.

Como lo anunció el fiscal, “esperamos que en este sentido este perdón no suprima, sino que active y potencie la memoria”. Sí, para que sean juzgados los responsables del pavoroso encarcelamiento de Sigifredo y, sobre todo, para que nunca más vuelva a ocurrir esta tragedia.

Adenda. Lo que pasó en Oslo no debe sorprender a nadie. Cada quien estuvo en lo suyo. El Gobierno prudente y las Farc arrogantes, aprovechando el instante para hablarle a una comunidad internacional que los tiene por terroristas. Eso no significa que todo haya fracasado. Esto apenas comienza.

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