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Héctor Abad Faciolince 20 Oct 2012 - 11:00 pm

Escribir en los tiempos de Twitter

Héctor Abad Faciolince

De niño aprendí a escribir a mano, con letra pegada y buena caligrafía, y aunque la letra se me haya ido dañando con el tiempo, todavía tomo notas en fugaces libretas de apuntes, pero también a veces —cada vez más— en la grabadora de voz de mi celular.

Por: Héctor Abad Faciolince
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El otro día, en el carro, después de haber dejado muerto a un amigo en el hospital, y en medio de las lágrimas, tomé con mi voz los apuntes de las ideas que en ese momento se me agolparon en la garganta sobre él. El flujo de conciencia pasaba directamente de mi cerebro, a la lengua, al celular. Al escribir su obituario, sólo pasé las ideas que grabé mientras iba del hospital a la casa.

Después, en la adolescencia —y por esto bendigo a los dioses del Olimpo— aprendí a escribir a máquina con los diez dedos y sin mirar las teclas, gracias a un viejo método para secretarias que encontré en la oficina de mi mamá. Sin embargo, mi rapidez de mecanógrafo ha sido retada últimamente por un programa rarísimo que apareció un día sin que yo me diera cuenta en mi cuenta de Gmail, como una tecla más: el ícono de un micrófono. Por ensayar le di clic, hablé, y lo que fui diciendo apareció de repente, con perfecta ortografía, en la pantalla. Si se los digo, entiende incluso los signos de puntuación. El día que lo descubrí, yo, que tengo en mi bandeja de entrada 2.069 mensajes sin responder, me pude desatrasar de unos cien. Antes escribía cartas; ahora dicto los mails, como hacían hace tiempos los gerentes con los dictáfonos o los tiranos con sus amanuenses, sólo que ahora mi copista es un casi infalible secretario artificial.

Ya mayor empecé a escribir cuentos, artículos y novelas. Bien o mal, tomé apuntes a mano, los pasé en limpio a máquina, y más tarde en computador. Soy suficientemente viejo como para haber llevado personalmente mi columna al periódico, a máquina y en papel, para que allí la levantara un tipógrafo de profesión. Igual los primeros libros. El proceso era lento y había erratas ajenas. Ah, las malditas erratas. Una vez un poeta español escribió, hermosamente: “Si pierdo la memoria / Qué pureza”. Y el inepto copista cometió el sacrilegio de rebajar a “pereza” la pureza. Aunque hay casos contrarios, es decir, erratas benditas, que producen destellos de humor involuntario. En una bostezante novela de Pereda, al fin, una mañana, “doña Manuela se levantó con el coño fruncido”.

Y llego al ahora, al hoy, a este atardecer de la existencia donde todas las noches me desvela y todos los días me aturde internet. Ya no sé dónde vivo, pero en realidad estoy casi seguro de que vivo en la red. Trabajo en una radio por la mañana, pero lo hago sin salir de la casa, a través de un programa y un micrófono conectado a la red. Mientras tanto reviso mi correo, publico una ocurrencia, una bobada o una respuesta por Twitter. Se me abre una ventana y veo una conferencia de Ted o de @Xpectro que me explica el futuro de la escritura. Hace unos tres meses, al darme cuenta de que ya había escrito mil trinos en Twitter, 140.000 caracteres, hice el cálculo de que ese número de pálpitos equivalían a 70 u 80 páginas de un libro de papel: como quien dice una nouvelle. Y decidí de inmediato emprender un cuento largo, una novela corta, en otra cuenta de Twitter que abrí para ese fin.

Las horas que antes dedicaba a leer y escribir libros de papel, las uso (¿las pierdo?) casi todas leyendo y escribiendo en la pantalla, por internet. Y lo que escribía a mano o en computador, lo hago ahora directamente en la red. La escritura ya no es una “obra”, como dicen, pomposos, mis excolegas escritores, sino un borrador. Ahora me equivoco en público. Le cambio el nombre a Salgari, incluso a mis propios personajes, y dejo que las líneas de la ficción no las decida yo, sino el azar. Siento que todo es efímero, fugaz, sin importancia. Decían los antiguos que las palabras escritas eran importantes, porque permanecían: ya no, ya la escritura es tan fugaz y volátil como la voz.

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