Por: Mauricio Rubio

La insólita metamorfosis del condón

La crítica del condón como anticonceptivo genera una réplica casi automática sobre su papel preventivo de las enfermedades de transmisión sexual. A veces la reacción es de molestia, casi de regaño. Señalar cualquier falla se considera políticamente retrógrado, machista o de fanático religioso. Pero la historia de este artefacto reafirma el escepticismo sobre su idoneidad para prevenir el embarazo, en particular el de adolescentes.

El diseño temprano de una "vaina de tela ligera, hecha a la medida" para evitar las enfermedades venéreas fue del anatomista Gabriel Fallopio (1523-1562). Gracias al invento un poco más de mil napolitanos de su época se salvaron de la "caries francesa", la sífilis.

El gran impulso comercial del artefacto se dio en 1712 en Utrech a raiz de una conferencia internacional para ponerle fin a la guerra de sucesión española. Puesto que la ciudad iba a estar literalmente invadida por altas personalidades de varios países por tiempo indeterminado, llegaron innumerables damiselas para atender a los delegados. A un artesano local se le ocurrió transformar la envoltura del intestino de oveja, que se utilizaba para cicatrizar heridas, en capucha protectora y ponerla a la venta. Al terminar el evento, muchos asistentes retornaron a sus países llevando especímenes. Industriales ingleses decidieron entonces fabricar y vender con el nombre de condom esos artefactos higiénicos.

Desde sus inicios hubo quejas sobre la incomodidad del preservativo y, consecuentemente, su limitada eficacia. Una gran cortesana le advirtió a su pupila que se trataba de “una coraza contra el placer y una telaraña contra el peligro". Un reconocido médico inglés anotó que ante el fastidio muchos asumían el riesgo. Así, su uso se concentró en los niveles bajos de la prostitución, donde la infección era casi una certeza. Fue gracias a personajes como el Marqués de Sade y Giacommo Casanova que el condón cambió de estatus. Salió de los antros para entrar en la cama de los adúlteros con una nueva función anticonceptiva. Para los libertinos, usarlo en sus conquistas amorosas se impuso no sólo por razones higiénicas sino para evitar embarazos. Con una amante conocida no se podía ser tan irresponsable como con alguien a quien se le paga por esa prerrogativa.

Con la invención de la vulcanización a mediados del siglo XIX se empezaron a producir condones de caucho. Persistieron hasta 1930 cuando se adoptó el latex líquido que sigue siendo la base de su fabricación. Tras la primera guerra mundial la política natalista llevó a su prohibición en varios países. Mujeres inglesas de vanguardia vieron allí una manera de decidir sobre sus embarazos. A pesar del compromiso por establecer la maternidad como una opción, el movimiento feminista rechazó el condón no sólo por sus vínculos con la prostitución y las enfermedades venéreas sino porque, como la abstinencia o el coitus interruptus, dependía de la colaboración masculina.

A final de los sesenta, cuando "hacer el amor" desplazó la visita al burdel las ventas cayeron; repuntaron en los ochenta con el pánico ante el SIDA.

No es fácil entender cómo un método diseñado y perfeccionado para evitar la transmisión de enfermedades en relaciones fugaces entre personas extrañas y sexualmente experimentadas, que por décadas fue un artículo varonil que se vendía en los bares y se guardaba escondido, que hacía parte de la dotación de los militares, se transformó en el mecanismo más recomendado para que jóvenes inexpertas, incluso vírgenes, supuestamente decidan si quieren tener un hijo o no.

Igualmente ardua de digerir es la pretensión de que el preservativo representa un avance en la emancipación de las mujeres. El punto de quiebre de la liberación sexual femenina fue la píldora, no una tecnología que estaba disponible hace siglos. "No es raro que en las billeteras de algunas (mujeres) haya un condón" anota un artículo de una revista para hombres, como si eso bastara. A pesar de la doctrina, del "no debería ser así", la decisión real de si se usa o no el condón sigue dependiendo de la voluntad masculina y sobre todo de cómo percibe el riesgo de contagio quien lo porta.

Qué bien caería hoy en Colombia algo del pragmatismo de las feministas inglesas de hace un siglo.

* Mauricio Rubio

 

 

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