Por: Javier Moreno

Prensa supersticiosa

La semana pasada, periódicos locales y nacionales se apresuraron a reportar un supuesto caso de “posesión satánica” en Lorica, Córdoba.

El cubrimiento reproducía sin contraste ni perspectiva crítica la historia de una bebé que, según su mamá, camina, habla y tiene episodios de combustión espontánea. Con esta historia la mujer pretende justificar quemaduras en las piernas y condiciones de abandono de su bebé de un mes de nacida. Supongo que la noticia de la bebé endemoniada sonaba graciosa, pintoresca y tropical, perfecta para la sección “Realismo Mágico” o , mejor, “Circo”.

En lugar de denunciar un posible caso de maltrato infantil salvaje y reiterado (uno más en los cerca de mil que se reportan cada año en Córdoba, un departamento con niveles de desnutrición infantil crónica sobre el 15%), los periodistas decidieron tomar la ruta vendedora de la historia sobrenatural dada por cierta de la “bebé poseída” y solo al cierre, casi como una adenda curiosa, señalar que los funcionarios de Bienestar Familiar estaban al tanto.

Por supuesto, el cura de la parroquia, única autoridad consultada, contribuye a la histeria organizando una ceremonia de exorcismo a puerta cerrada en la iglesia y declarando que no descarta que se trate de una “manifestación maligna”.

Me pregunto dónde queda el sentido de la responsabilidad tanto de los periodistas como del cura. ¿Cuál es el propósito de difundir con semejante enfoque ese tipo de historias? ¿Entretenimiento barato para el urbanita con tedio? ¿Son conscientes de las consecuencias potenciales de la “verificación oficial” de acusaciones supersticiosas?

Si sale en el periódico tiene que ser cierto, dicen en Lorica.

Y ya sabemos cómo se solucionan esos problemas “infernales” una vez son certificados. En el Malleus Maleficarum y otros tratados similares está bien explicado.

O que le pregunten a Berenice Ramírez, quien el 29 de agosto pasado fue quemada y ultimada con un hacha en la cabeza en Santa Bárbara, Antioquia, luego de que unos vecinos rencorosos, los mismos que la mataron, propagaron por diez años el rumor de que era una “bruja” para aislarla de la comunidad.

Ese no es el periodismo que necesitamos.

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