Por: Salomón Kalmanovitz

El desastre de Eldorado

Estaba expectante por conocer y experimentar las maravillas del nuevo terminal internacional de Eldorado (según Vladdo) que se anunciaron en términos superlativos: aeropuerto de talla mundial, espectacular, hermoso.

 En palabras del director de la Aerocivil, Santiago Castro, frente a acusaciones del senador Juan Manuel Galán: “Reconocer las buenas obras no es favoritismo y el nuevo terminal internacional de Eldorado salta a la vista”.

El costo fue de $1,8 billones para 104.000 metros cuadrados de construcción, que arroja $17,3 millones por metro, algo que de por sí es excesivo. Los techos elevados desperdician un enorme volumen de construcción, inflando el costo sin necesidad y proyectando una estética de lo pretencioso y vacuo. Los aeropuertos de Lima y Panamá, en contraste, son mucho más funcionales, bellos en su simplicidad, y costaron menos de la mitad por metro que nuestra faraónica terminal.

El contrato entre la Nación y la firma Odinsa-Opain ha sido modificado al menos en cuatro oportunidades, algo común en la administración Uribe, que licitaba para que los contratistas hicieran su agosto a costa de la calidad, funcionalidad y aún terminación de las obras públicas. En la práctica, no había contrato alguno sino que el escogido a dedo aumentaba su ingreso sin que se defendiera el interés público. El terminal no debió costar más de US$400 millones, cifra que se cuadriplicará hasta que se entreguen las obras, incluyendo una torre de control que pasó de un costo contratado de US$15 millones a US$180 millones en la actualidad, algo que fuera denunciado por Galán.

Opain es la misma empresa que hizo un esperpento sobre el Parque de la Independencia, incluyendo un grueso puente en concreto armado que salió a $16.000 millones, en vez de costar $200 millones. El diseño le fue contratado a un famoso arquitecto que no se preocupó por la estética y que canibaliza una parte importante del parque.

Lo que salta a la vista es que la nueva estructura de Eldorado tiene sólo 13 muelles de parqueo, menos que los de la antigua estructura que cuenta con 14, construida hace 60 años y que va a ser derruida. La nueva terminal quedó empotrada en un espacio donde no puede expandirse hacia el futuro.

Con tan poco espacio de parqueo para los aviones, la mayoría se sitúa a distancias considerables de la terminal. El descenso entre el tercer piso del edificio y la puerta de embarque de los buses hay que hacerlo por una tortuosa escalera. En mi vuelo había dos ancianas que tuvieron que ser casi cargadas por los porteros de las sillas de ruedas para llegar a los buses. Pregunté si había ascensor y me dijeron que no.

A la llegada, el viacrucis fue peor: el avión encontró su sitio de parqueo ocupado y le tocó esperar 20 minutos hasta que decidió hacerse a 50 metros de la terminal. Nos vino a recoger el bus, pasados otros 20 minutos. Su recorrido estuvo interrumpido por camiones de combustible y los trenes con el equipaje de los vuelos que llegaban y salían para otros 10 minutos. El salón de entrega del equipaje es muy amplio, pero la logística absurda hizo que las maletas se demoraran otros 20 minutos. Llegados a inmigración, los encargados nos hicieron cambiar de cola cuando nos aproximábamos a ser atendidos. Contabilizando los tiempos, tomó una hora y 20 minutos desde que el avión llegó a la terminal hasta que salí con mi equipaje.

Ya se entiende por qué el progreso se nos hace esquivo.

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