Opinión |31 Oct 2012 - 8:57 pm
Entre el terror y la resignación
Por: José Fernando Isaza
Con razón se afirma que en la elección del presidente de los Estados Unidos deberían votar todos los países, pues se define no sólo el futuro de EE. UU., sino la guerra o la paz del globo.
En la ejecución de política interior el presidente norteamericano está sujeto a chequeos y balances dada la real separación de poderes y a la autonomía de los estados; no sucede lo mismo con la política exterior, aunque la Constitución le obliga a solicitar la aprobación del Congreso para declarar la guerra. La historia muestra que utilizando poderes transitorios ha participado en múltiples acciones militares y de ocupación territorial en todos los continentes. En la película Los idus de marzo se hace explícita la limitación del poder presidencial: el asesor de un candidato lo chantajea al recordarle que un presidente puede invadir un país, desatar una guerra nuclear. Lo que no puede hacer es acostarse con una practicante. La realidad la confirma el anterior aserto.
Un triunfo de Mitt Romney estará acompañado del terror a otra confrontación en el Medio Oriente, de consecuencias inimaginables.
Obama no pudo realizar la política, esbozada en su discurso en la universidad de El Cairo, de propiciar el acercamiento entre los EE. UU. y el mundo musulmán, cerrar las heridas y lograr la paz entre Israel y Palestina. Tampoco logró el cierre de la cárcel de Guantánamo, símbolo de la violación de los derechos humanos. Pero ha podido controlar la intención belicista del primer ministro israelí Netanyahu, que amenaza con atacar “preventivamente” a Irán.
Casi con certeza Israel posee armamento nuclear e Irán puede estar en capacidad de responder con misiles de mediano alcance. Tanto Obama como Romney reiteraron que EE. UU. defendería militarmente a Israel si es atacada; aunque no sea explícito, Romney ofrece la protección aun si el ataque es una respuesta de Irán a una agresión israelí.
Perogrullo diría que es mejor que los países no tengan armas nucleares, pero no es posible devolver la historia. EE. UU. se opone con sanciones diplomáticas, comerciales y amenazas militares a que otros países que no son sus aliados tengan la bomba nuclear, pero ha sido el único que la ha utilizado dos veces contra ciudades que no tenían importancia militar, se usaron para crear terror.
Es difícil no estar de acuerdo en el peligro que representa la posesión de armamento nuclear en manos de regímenes autoritarios, en particular si estos son fundamentalistas religiosos. Pero la política se aplica diferencialmente. Pakistán no se caracteriza por sus instituciones democráticas y los partidos fundamentalistas han llegado a controlar la administración, sin embargo el gobierno americano ha sido tolerante, tal vez por creer que es un aliado incondicional contra el Talibán. Israel es una democracia formal, pero no muestra respeto de los derechos de “los pueblos no elegidos”; los partidos fundamentalistas de tiempo en tiempo tienen el poder y EE. UU. nunca se ha opuesto a que tengan armamento atómico.
Bush, con la teoría de la “guerra preventiva”, que echa por la borda el derecho internacional, desencadenó la guerra contra Irak. No existían en Irak armas de destrucción masiva, pretexto para el ataque. Bush lo sabía. ¿Se repetirá con Romney una historia similar y más sangrienta?
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José Fernando Isaza | Elespectador.com
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