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Diana Castro Benetti 2 Nov 2012 - 11:00 pm

Itinerario

Tanta importancia inútil

Diana Castro Benetti

Muchas de las propias acciones conducen a reforzar el logro, el éxito y el aplauso. Tenemos el hábito arraigado de vivir para que otros nos miren, nos sonrían o nos den una de sus migajas de reconocimiento. Pasamos días enteros desperdiciando decisiones, pensamientos o encuentros donde lo esencial no es el disfrutar lo que somos, sino el demostrarles a otros lo buenos, inteligentes y perfectos que hemos llegado a ser.

Por: Diana Castro Benetti
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La importancia personal se roba todo instante de paz. No nos damos cuenta de que en complicidad con el miedo, es una perfecta ladrona de vida. Caemos en su juego por las noches cuando hacemos un reclamo inútil o en la mañana cuando nos hacemos los avispados para ganar no sólo el argumento sino los millones también. Se pierde el humor, se asientan la pedantería y la frigidez de ropajes y exigencias. Pequeñas reacciones inconscientes repletas de tensión que van tejiendo cada paso e instalando una forma de vivir y percibir. Así, el mundo se hace pequeño, estrecho y más doloroso por lo invadido de hábitos inútiles que alimentan sólo el ego.

Los indígenas del sur de México insisten en que la importancia personal nos ancla en una forma de percepción específica. Es un tipo de realidad. Un mundo en el que andamos limitados, cansados, aburridos y sin espíritu vital. Es estar dando una batalla infructuosa contra un no sé qué fantasmagórico en un mundo muerto. Perseguimos la esclavitud con esas pequeñas importancias; nos atamos sin razón ni necesidad a las ínfulas de pacotilla; nos ahorcamos con la prepotencia de lo dicho y quedamos a tientas y endeudados hasta el cuello para pagar los deseos del ego. Nos aferramos a la ilusión de creer ser mejor que el otro. Así, sin darnos ni cuenta, nos contraemos y entumimos para ir exhibiendo toda esa importancia fea e inútil.

Romper una que otra de estas barreras invisibles es tarea cotidiana y una maravilla del camino, aunque, más que perseverancia y dedicación continua, requiere lúdica y algo de estrategia. Dicen que para confundir toda importancia personal es mejor dedicarse a aprender lo inútil o a agarrar in fraganti las palabras más odiosamente trascendentales y asesinarlas en el instante sin dudarlo. También sirve, una vez al día, atajar la pulsión por el competir y ceder el paso a otros de más sabio pavoneo. Se puede, incluso, jugar al tonto con las preguntas más idiotas o jugar a estar en los sitios que nunca frecuentamos. Es romper la rutina con el único objetivo de despistar el propio ego.

Apostarle a disminuir la importancia personal da terror y es como lanzarse al hueco cósmico con el miedo en la nuca. Pero dado una vez dado el paso, es disolverse en la infinitud y dejar el mundo de lo conocido con todo y sus cadenas. Es aventurarse a una versión sutil del dar, a una expansión intensa y vibrante del cuerpo y a la dicha de una vida fluida. Es permitir con locura esa refrescante sensación de existencia sin pretensiones que abarca desde el agua fresca hasta la inocencia y la risa.

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