Por: Santiago Montenegro

La semántica de la paz

La intervención de Humberto de la Calle en Oslo ha generado una discusión del alcance de sus declaraciones sobre el proceso de paz que valdría la pena aclarar.

 “Hay un punto —dijo— en el que coincidimos con las Farc: la finalización del conflicto no es, en sí misma, la consecución inmediata de la paz”. Según De la Calle, habrá una fase de negociación del fin del conflicto armado y una fase posterior, en la que se acepta que sólo la transformación a fondo de la sociedad y la creación de nuevas instituciones generarán la verdadera paz. Muchos hemos entendido que, dichas transformaciones, se refieren exclusivamente a los cinco puntos ya acordados en el documento del preacuerdo y, en particular, a las reformas del sector agrícola. Por eso se ha dicho que no se va a negociar ni el modelo de desarrollo ni las instituciones políticas. Si no fuera así, al establecerse una distinción entre finalización del conflicto armado y la consecución de la paz, estaríamos frente a la difícil tarea de crear un marco conceptual para concensuar dos enfoques que son, fundamentalmente, antitéticos. En primer lugar, cuando se analiza el problema dentro de los términos de “el fin del conflicto armado”, en alguna medida se afirma que dicho conflicto es fundamentalmente político, un escenario en el cual la violencia es una decisión de grupos políticos que han decidido tomar el poder por medio de las armas. Su solución, por lo tanto, se enmarcaría en una negociación de los términos en los cuales se renuncia a estos métodos de hacer política. En este enfoque, aunque se acepta que la sociedad tiene innumerables problemas no resueltos, se parte del supuesto de que el Estado y sus instituciones son fundamentalmente legítimas.

El segundo enfoque, el que buscaría “la verdadera paz”, en un sentido general y no sólo dentro del marco de los cinco puntos del preacuerdo, estaría argumentando que la violencia y la lucha armada son el resultado de unas condiciones objetivas de pobreza y desigualdad que inducen a la violencia. Este es el enfoque que históricamente han utilizado no sólo los mismos grupos insurgentes, sino también la izquierda y varios sectores políticos e intelectuales. Según esta visión, habrá violencia en Colombia hasta que se resuelvan los problemas socioeconómicos que la generan y, consistente con este enfoque, las instituciones y el Estado son, en alguna medida, ilegítimos. No sobra enfatizar que, en su exposición de Oslo, De la Calle mitiga el enfoque de las condiciones objetivas de la violencia al afirmar que, después de logrado el fin del conflicto, el escenario para alcanzar las transformaciones para la verdadera paz, se facilitará porque ya hay una nueva Colombia, desde la expedición de la Constitución de 1991, que cambió el país con la tutela y muchas otras reformas. También sustenta su argumento con las políticas que está realizando el Gobierno, como la restitución de tierras y el apoyo a los desplazados.

Dicen que en todo proceso de negociación hay que hacer concesiones, incluyendo las del mundo de las ideas. Tal vez eso sea verdad e inevitable. Y, sin duda, en todos los procesos de negociación anteriores realizados en Colombia se hicieron dichas concesiones. Pero, precisamente, para aprender de los errores de esos procesos sería muy útil aclarar en qué medida fracasaron por no haber precisado el alcance de sus marcos conceptuales.

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