Por: Mauricio Rubio

El reinado y sus críticos

En noviembre los medios se ocupan del Reinado Nacional de Belleza y, también religiosamente, los intelectuales lo critican. A la tradicional comparación con las ferias de ganado se han sumado dos recriminaciones: se trata de una tara colombiana y es un indicio de atraso cultural.

Que el Reinado de Belleza sea una particularidad local no concuerda con la ubicuidad de tal tipo de evento ni con que Miss Mundo tenga una audiencia de 3.000 millones de telespectadores en 120 países.

Parecería que quienes menosprecian el tema de la apariencia física nunca pasaron por un colegio, una universidad o un entorno laboral mixtos. Lo más extraño es que con la idea de que la belleza es irrelevante a veces se ofrece el inventario de cómo ayuda en publicidad, modelaje, política o negocios.

En una entrevista poco antes de morir, Marilyn Monroe recordaba que su entorno cambió súbitamente en la adolescencia. De sentirse excluida, transformarse en joven hermosa le amplió sus horizontes. El mundo se volvió más amable, la vida le sonrió, cambió su manera de relacionarse con la gente. Difícil percibir en esos recuerdos de la diva síntomas de tontería o subordinación y no la toma de conciencia del valioso activo que la llevaría al estrellato.

En el siglo XVII, Jean de la Bruyère imaginó una buena ruta hacia el poder: “Ser una joven muy hermosa desde los 13 hasta los 22 años y a partir de ahí volverse hombre”. Hoy habría que aumentar la edad límite propuesta por el francés. Con la entrada masiva de mujeres educadas al mercado laboral y la globalización, el impacto de la apariencia física se alargó, universalizó e independizó de la dotación inicial. Helena Rubinstein sentenció: “No hay mujeres feas, sólo algunas perezosas”.

Cuando los matrimonios se arreglaban en estrechos círculos sociales, la influencia del físico era irrelevante frente a las decisiones o los vetos familiares. En la actualidad, con mercados de pareja más amplios y competidos, algunos a la carta por internet, la apariencia ganó importancia. El incremento del divorcio y el consecuente regreso al flirteo en distintas etapas de la vida actúan en la misma dirección.

Los cambios demográficos, y tal vez la subcultura gay, han alterado la conducta masculina. Como las reinas, el hombre metrosexual dedica cada vez más tiempo y recursos a su apariencia personal, a los cosméticos, a las dietas y al deporte. Esa nueva actitud nunca se confunde con inteligencia escasa o sumisión.

En las grandes urbes ya son comunes los concursos de belleza entre hombres que actúan y se visten como mujeres. Salvo la condena de retrógrados, tales eventos —que realzan una belleza bien femenina— no generan comentarios displicentes o analogías con una feria de novillos. Por el contrario, se perciben como síntoma inequívoco de vanguardia política y cultural. Tal vez lo que falta para que el Reinado de Cartagena gane adeptos ilustrados es que abran una sección de travestis y transexuales.

 

Mauricio Rubio

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