Opinión |9 Nov 2012 - 11:00 pm
Democracia
Por: Nicolás Uribe Rueda
La lección de democracia que Estados Unidos acaba de dar al mundo no puede pasar desapercibida.
Los norteamericanos no solamente reeligieron a un presidente de una minoría racial, en una campaña llena de simbolismos, en medio de una de las más graves crisis económicas, sino que también decidieron sobre la tercera parte del Senado y tomaron partido por 174 propuestas de ley o de reforma constitucional, que por la vía del referendo o consulta popular se realizó y aplicará en 38 de los 50 estados de la Unión.
La elección presidencial y la campaña que la precedió son un buen ejemplo de la disputa política alrededor de las ideas, y de la atención que la gente brinda a un debate electoral que, ha entendido, trae consecuencias para todos. Pocas campañas como esta han estado enfocadas en la idea fundamental del Estado y el rol que éste debe jugar en la vida de los ciudadanos, ya sea como un actor protagónico o como un garante de las reglas de juego entre los particulares. A diferencia de lo que sucede al sur del río Bravo, en donde la ciudadanía aún no percibe la relación de las cuestiones electorales y su calidad de vida, en Estados Unidos la cultura democrática hace que la preocupación por las elecciones trascienda el clientelismo y esté asociada a la construcción de oportunidades y al nivel de libertad de los ciudadanos. Las reglas electorales, aunque más antiguas que las nuestras, se aferran a la voluntad popular, protegen los derechos de los electores y de los candidatos y sus resultados envían mensajes contundentes a los participantes sobre las prioridades de la ciudadanía, sus preocupaciones, sus valores y demás.
Por más antipático que les parezca a algunos el despliegue mediático y económico de la democracia americana, lo cierto es que estos son vicios menores comparados con aquellos con los que convivimos en ciertas latitudes. Allá, el rival perdedor reconoce tempranamente la derrota y desea suerte al ganador para que lidere al país con éxito en medio de las dificultades. Aquí, los perdedores montan un plantón en plaza pública que puede durar años, como sucedió en México, o en su discurso de derrota afirman que “ganó, pero no convenció” o que todos sus contradictores fueron a las urnas por prebendas (yo vine porque quise, a mí no me compraron). Allá, las cortes respetan y avalan el derecho de los ciudadanos a tomar partido en los debates más álgidos de cada tiempo, como son el matrimonio homosexual, el consumo de droga, la pena de muerte, la eutanasia o el aborto. Aquí, el Congreso no avanza en estas discusiones, las cortes sin legitimidad popular se entrometen abusivamente en los debates haciendo cumplir entre los individuos el deseo de una mayoría de cinco magistrados y los ciudadanos no pueden expresarse sobre la materia a pesar de existir mecanismos institucionales para hacerlo. Mientras en nuestro entorno se otorgan subsidios, casas y pensiones para presionar el voto, allá los ciudadanos salen a participar sabiendo que no habrá represalias ni premios por su voto, más allá de las propias consecuencias del buen o mal gobierno que eligieron.
La democracia americana, aunque imperfecta, tiene mucho que mostrar, como, por ejemplo, que la fortaleza de sus instituciones proviene de la legitimidad de sus decisiones.
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