Por: Angelika Rettberg

Entre nosotros nos entendemos

Una de las razones por las que muchos colombianos vieron con buenos ojos las negociaciones de paz del Caguán estuvo relacionada con una imagen que, en plena campaña presidencial previa a la iniciación del proceso, circuló en los medios de comunicación: el candidato Andrés Pastrana abrazado a Tirofijo, ambos con sonrisa amplia.

La expectativa era que el encuentro entre dos seres humanos, desprovistos de cargos y status y libres de la presión que emana de tener que dar declaraciones públicas, iban a entenderse mejor y resolver los problemas con un apretón de manos. El acto, y el proceso de paz que le siguió, implicó también un cierto desprecio hacia los procesos excesivamente estructurados, por un lado, y hacia la intervención de actores externos como mediadores, por el otro.

Posteriormente, James Lemoyne, en representación de la ONU, siguió el ejemplo del ya presidente Pastrana, yendo al Caguán con botella de whisky en mano. Quizás también en este nuevo proceso en algún momento trasciendan imágenes de Humberto de la Calle disfrutando un habano con Iván Márquez, compartiendo un rato de descanso, estableciendo puentes personales, tarareando canciones propias de su generación.

Pero que una borrachera no surte un efecto duradero como acto fundacional de una relación constructiva a largo plazo lo pueden atestiguar todos quienes, después, sólo se acuerdan del guayabo. Ciertamente, el proceso del Caguán, una oportunidad histórica desperdiciada, no funcionó mejor por buscar acercamientos extrainstitucionales y por marginar los actores externos que se ofrecieron a ayudar.

Entre colombianos no nos hemos entendido. A pesar de tener una de las democracias más longevas de América Latina, también hemos tenido uno de los conflictos armados más duraderos del último siglo en el subcontinente. Más allá del conflicto armado, son notables los niveles de polarización política y de la agresividad cotidiana en las relaciones personales y sociales.

No se puede demeritar la importancia y los milagros que a veces hace el contacto personal entre contrincantes, actividad a la que se dedican con éxito profesionales y diplomáticos de tiempo completo. Pero si bien el contacto personal es necesario, no es suficiente, ni es útil en cualquier momento. La experiencia ha demostrado que los procesos con reglas de juego claras, con procedimientos definidos y con énfasis en el monitoreo y la verificación con el apoyo de actores externos, rinden frutos más duraderos y estables. Por tanto, si hemos de ver intentos de socialización entre las partes que ahora negocian en La Habana, por favor que sea más adelante. En este momento no esperamos que se hagan amigos. Sí esperamos que, con compromisos viables, acuerdos claros y acompañamiento de terceros, esclarezcan cómo van a negociar los difíciles puntos de la agenda para poner fin al conflicto armado colombiano.

 

*Angelika Rettberg

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