Por: Columnista invitado

El ambiente urbano

Antes de tratar de volver al campo para solucionar la pobreza y la inequidad deberíamos planificar y construir mejores ciudades.

Los colombianos somos extraordinarios constructores de ciudades; en los últimos 70 años las hemos levantado para más del 70% de la población, pero en esta labor hemos seguido la red urbana planificada desde la invasión española, orientada por la búsqueda de las temperaturas aceptables, y hemos estratificado la población, induciendo límites territoriales a los grupos sociales. Esas son algunas de las razones de nuestra baja competitividad internacional; difícil competir asentados en la región Andina y segregados por odios ancestrales.

La localización de varias ciudades principales en las altiplanicies y mesetas de la cordillera y en los valles interandinos es también causa de múltiples problemas ecológicos; urbanización de los suelos agrícolas, erosión, destrucción de acuíferos y humedales, contaminación de las partes más altas de las cuencas. Tener el 77% de la población del país viviendo en el triple cinturón montañoso que corta transversalmente el territorio colombiano genera presiones insostenibles en los ecosistemas, la densidad de población en la región capital es mayor que la Suiza, en donde hoy proponen controlar la inmigración para asegurar su sostenibilidad.

Los cambios en el POT que propone la actual administración de Bogotá son semejantes a los que algunos urbanistas están proponiendo en los Estados Unidos. Los movimientos de New Urbanism y Smart Growth han conducido la planificación de nuevos pueblos y barrios que se apartan de la zonificación estricta promovida en el siglo pasado y en cambio agrupan a las familias y a sus trabajos en espacios “caminables”, integrados socialmente mediante una amplia y heterogénea oferta de viviendas y de actividades comerciales e industriales limpias. Estos nuevos ambientes urbanos son más sostenibles que los barrios residenciales por sus oportunidades de empleo, su menor consumo de energía y su mayor integración social, y si se pudieran introducir en la región Caribe podrían aumentar la competitividad del país.

¿Por qué pensar en construir otras ciudades en el Caribe en lugar de “hacer más amables nuestras ciudades”, como han dicho varios planes de desarrollo? Pienso que estas nuevas teorías no serán fácilmente aceptadas en ciudades traumatizadas por la guerra y la corrupción. El odio y el asco que resbala de algunas páginas publicadas recientemente y el respaldo político que tienen, me hacen pensar que algunos de los habitantes de las ciudades actuales, inclusive aquellos que se aguantaron la vecindad de los criminales más poderosos, no están ahora dispuestos a convivir con los pobres por más honestos que sean. Tal vez en nuevos ambientes urbanos sea mas fácil aceptar que la convivencia es un paso hacia la paz.

Los bogotanos tienen ahora la oportunidad de mostrar por qué nuestra ciudad merece ser capital. Si se lograra disminuir el miedo que tenemos a vivir juntos, Bogotá sería ejemplo para las nuevas ciudades.

 

*Julio Carrizosa Umaña / Exdirector del Inderena.

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