Por: Ana María Cano Posada

Se les agradece

Reconocemos las ciudades por construcciones icónicas, por accidentes geográficos que las determinan, pero más preciso las podemos distinguir por sus personajes identificables.

Medellín, por ejemplo, tan dada a la producción de riqueza material y azotada por la barbarie que anuncia regresar para apoderarse de lo construido, tiene que invocar intelectuales que consagraron su vida y su pensamiento a crear rupturas con el establecimiento, a fabricar identidad y a permitir la controversia de nuevas ideas. Los dos personajes evocados murieron en el último mes y tuvieron una estatura intelectual reconocida en Colombia y en América Latina. Son Alberto Aguirre y Leonel Estrada, dos imprescindibles.

Aguirre y Estrada vivieron siempre en Medellín. El primero sufrió un exilio en España y el segundo hizo estudios de arte en Estados Unidos. Abogado y escritor, Alberto; odontólogo, creador y crítico, Leonel. Es conocida la faceta iracunda de Aguirre, su modo de esgrimir la palabra como arma letal, y no vale la pena decir su papel de tribuno, su acierto al sermonear con argumentos, a quien atravesara injusticia, imprecisión, alcaldada o sotana. Más oculto, pero si se quiere de mayor calado, fue su papel de librero, porque durante 37 años fue capaz de crear y mantener la Librería Aguirre, una bocanada de aire y letras, traducciones, librepensamiento. Y paralelo, abrió el Cine Club Medellín, una institución para apreciar lo mejor de este arte, con el análisis y contraste de Alberto Aguirre, que formó una generación de muchachos con espíritu crítico. Y fue fotógrafo, con ojo implacable descubrió la miseria e hizo al espectador avergonzarse con ella. Y juez, magistrado y litigador ad honorem al final. Y director de la Agencia France Press en Medellín, a la que llevó a trabajar a un desconocido llamado Gonzalo Arango. Y editor, que señaló a García Márquez cuando todavía no resplandecía. Y fue paciente testigo de ese oprobio de la inundación del viejo Peñol en Antioquia, que Medellín vivió de espaldas porque su diario El Colombiano se regodeó en boletines de prensa de Empresas Públicas, artífice de la inundación de la hidroeléctrica El Peñol-Guatapé. Aguirre fotografió, acompañó al cura, al alcalde y a los campesinos a los que les compraron la tierra por un puñado, apuntalando una dignidad y un estoicismo que se habrían desmoronado sin una conciencia ética detrás. En esta Medellín encerrada, donde es común hacer desistir todo espíritu aguerrido, Alberto fue inspiración para muchos. Y lo seguirá siendo, aunque no esté, porque abrió caminos con su libertad.

Leonel Estrada vino de Manizales e hizo de la ortodoncia un pretexto para ejercer su vocación de pintor y dibujante, que adiestró en Estados Unidos. Estrada creó las Bienales patrocinadas por Coltejer, con las que abrió una tronera de arte moderno en lo que sólo era costumbrismo. Ayudó a la Universidad de Antioquia a formar su Facultad de Artes; ejerció la crítica de arte, ave rara en este país; apoyó al Museo de Arte Moderno y al de Antioquia, y mantuvo un flujo de información sobre arte en América Latina. Hizo un libro llamado Logografismos, por su múltiple talento creativo. En sus hijos abonó la sensibilidad y acompañó a una escritora, su compañera, María Elena Uribe de Estrada. Un hombre al que su estrecha relación con la alta sociedad medellinense no impidió mantener la mente abierta.

Aguirre y Estrada dieron su vida por lo que creían y sentían. Esto se les agradece.

 

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