Opinión |16 Nov 2012 - 11:00 pm
Los amigos invisibles
Por: Javier Moreno
Hasta 1982 era delito ser homosexual en Colombia. Hasta 1992, ser homosexual era considerado una enfermedad mental. El país ha mejorado un poco desde entonces.
En veinte años, los homosexuales han logrado mediante demandas reiteradas que la justicia reconozca su derecho a existir y a ser tratados (casi) como cualquier otro ciudadano. Los derechos que otorga el matrimonio están fuera de su alcance. Quererse no es suficiente. Convivir por décadas tampoco. El congreso todavía tiene dos años para evadir el asunto mientras el procurador Ordóñez y sus amigos diseñan alguna estrategia para impedir su regulación.
Los avances en legislación, por desgracia, no están acompañados del mismo nivel de progreso cultural, como lo demostró el pastor devenido en concejal Marco Fidel Ramírez hace pocos días en su cruzada vergonzosa contra Canal Capital. En Bogotá todavía no es posible que dos hombres caminen de la mano fuera de la República Libre de Chapinero y territorios asociados. Ni hablar de darse un beso. La ley podrá defender su derecho a hacerlo, pero ni la ley ni la imposición del llamado lenguaje inclusivo reforman los prejuicios ni previenen los insultos, acosos, chistes de mal gusto, asaltos y asesinatos. Se vale ser gay, seguro, pero pasito, sin revirar y ojalá no en el colegio.
El juego funciona así: tanto la homosexualidad como su tolerancia tienen límites: unos salen del armario hasta donde se puede y los otros aceptan hasta donde se puede. Cuidado con excesos.
Hoy todo el mundo dice que tiene un amigo homosexual, pero los homosexuales colombianos están solos. En 2007, cuando la encuesta bienal de culturas lo preguntó, el cincuenta y siete por ciento de los bogotanos admitían sin problema que no querían maricas como vecinos.
El pasado seis de noviembre, al tiempo que Obama era reelegido presidente, los estados norteamericanos de Maine, Maryland y Washington aprobaron referendos que legalizan el matrimonio igualitario. En Minnesota, mientras tanto, un referendo para prohibirlo constitucionalmente fue derrotado en las urnas.
Aunque estos resultados son una victoria de los homosexuales, su éxito, como recalcó el activista Dan Savage, dependió de que una fracción considerable de la población general entendiera que en una democracia la discriminación a una minoría es siempre un problema de todos y, en consecuencia, se aliara activa y visiblemente a la causa. La diferencia real, la que puede cambiar comportamientos y clausurar el juego hipócrita de la tolerancia con límites está ahí. Las leyes no bastan. Tenemos un camino largo por andar.
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