Opinión |16 Nov 2012 - 10:12 pm
Máquina de moler
La nevera equivocada
Por: Doña Gula
Una cosa es refrigerar y otra cosa es congelar: aunque esta aseveración parece obvia, nuestra intención es depurar el significado de estos dos procesos, pues hemos constatado que muchas personas que tienen que ver diariamente con asuntos culinarios y de alimentación no conocen con claridad las diferencias cualitativas de uno y otro.
En otras palabras, nevera y congelador son utilizados sin criterios claros, afectando muchas veces los alimentos o desaprovechando las ventajas de su óptima utilización.
Vale la pena decir que, para las amas de casa y para los jefes de bodega de hoteles, restaurantes y afines, un curso sobre refrigeración debería ser un requisito indispensable con el fin de conocer un conjunto de normas necesarias que faciliten la utilización inmediata de los alimentos o que, por el contrario, contribuyan a su perdurabilidad.
Vamos por partes: cuando decimos que una cosa es refrigerar y otra es congelar, la diferencia cualitativa radica en las temperaturas de estos dos procesos, caracterizándose la refrigeración por ofrecer una temperatura entre los cero y siete grados centígrados, en tanto que la congelación siempre estará por debajo de los cero grados. Ahora bien, la utilización adecuada de estos dos procesos depende necesariamente de la planeación que se tenga en el tiempo para la utilización de los alimentos que la necesitan, pues si bien todos los productos perecederos se pueden refrigerar, no significa que también se pueden congelar, puesto que la congelación, tal y como se dice popularmente, “quema” muchos productos.
En más de una ocasión he abierto neveras de casas de amigos o amigas y lo primero que observo es un hacinamiento tanto en la zona de refrigeración como en aquella de congelación, causándome absoluta tristeza al constatar cómo mis amistades dañan cantidades de buena comida con el convencimiento absoluto de que la están conservando. Da grima ver salchichas, jamones, morcillas (toda clase de embutidos), además de quesitos, quesos grasos, verduras y frutas en su estado natural cubiertos por la escarcha de la congelación, la cual permite imaginar cómo al momento de su ingesta cambiará fundamentalmente su consistencia, aunque permanezca su sabor original.
Así es: puede que el quesito, el jamón y el tomate continúen sabiendo igual, pero indefectiblemente su “cohesión molecular” estará totalmente cambiada y por lo tanto su textura influye en nuestra percepción del buen bocado.
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Doña Gula | Elespectador.com
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