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Salomón Kalmanovitz 18 Nov 2012 - 11:00 pm

La maldición de las instituciones*

Salomón Kalmanovitz

Los países que cuentan con recursos naturales abundantes pueden aprovecharlos para mal o para bien. Nigeria, Ecuador y Venezuela han contado con petróleo de sobra, pero han tenido un crecimiento económico pobre e incluso una caída del PIB por habitante en el caso de Venezuela.

Por: Salomón Kalmanovitz
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La razón económica de fondo es que en tiempos de bonanza sus monedas se fortalecen tanto que desplazan la producción de otros bienes que se exportan; las importaciones baratas sustituyen producción manufacturera y agrícola. Adicionalmente, los precios internacionales de los recursos son volátiles: en tiempos de bajos precios, se desploman los ingresos en divisas, se devalúan sus monedas, conduciendo al racionamientos de bienes esenciales y a una caída de los ingresos fiscales.

La volatilidad económica produce necesariamente inestabilidad política, lo que deteriora todavía más unas instituciones incapaces de encausar las rentas petroleras o mineras para generar desarrollo y progreso social. Las rentas despiertan la voracidad de los agentes que luchan por apropiarlas y que terminan por crear condiciones para golpes de Estado o para que políticos populistas se perpetúen en el poder, incentivando el disparo de la corrupción.

Hay países bendecidos con recursos naturales que han logrado altas tasas de crecimiento económico, complementadas con una mejora en la distribución del ingreso y cobertura universal de los servicios de educación y salud. Son los casos de Noruega e Indonesia y algo menos el de Chile. Sus políticas económicas contrarrestan los efectos nocivos que puedan tener los altos ingresos en divisas, ahorrándolos por fuera de sus economías, gastando sólo sus rendimientos y salvaguardando el capital para las futuras generaciones. Todos ellos tienen altas tasas impositivas sobre las rentas petroleras o mineras, pero además sobre empresas y personas, lo que asegura que los ingresos fiscales se mantengan en tiempos de bajos precios de sus recursos.

La diferencia fundamental entre la bendición o maldición de los recursos naturales es entonces contar con estados fuertes, que recauden en impuestos más de un tercio del PIB, que sean incluyentes y con administradores competentes. Todo ello prefigura la separación de poderes y la rotación del poder, lo que presta la estabilidad política que requieren las políticas para que las bonanzas se siembren y sean cosechadas en el futuro.

¿Dónde cabe Colombia, que apenas comienza a explotar sus recursos naturales? Desde 1994, tiempo del hallazgo de Cusiana, hemos tenido gobiernos que han producido déficits fiscales en medio de bonanzas del petróleo, del carbón y del oro, o sea, que no ahorraron las rentas sino que se endeudaron, dándolas como garantía, y se las gastaron. El recaudo tributario incluso cayó, de cerca del 15% del PIB en los noventa a 13% en Uribe II. Ecopetrol le da al Gobierno cerca de 4% del PIB, lo que ha inducido a la pereza fiscal, preconizada como virtud por la administración Santos. El resto de empresas que explotan los recursos naturales no renovables escasamente tributan y tienden a ser depredadoras.

La voracidad en el consumo de las regalías, la rapiña por los altos puestos del Estado y la rapacidad de sus contratistas ponen de presente la dificultad por aplicar de manera productiva y democrática la riqueza encontrada en el subsuelo de la nación.

 * Inspirado por Guillermo Perry, Mauricio Olivera. 2012. Petróleo y minería: ¿bendición o maldición?

 

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