Opinión |21 Nov 2012 - 11:00 pm
Atalaya
Los fumadores en tiempos del Estado puritano
Por: Julián López de Mesa Samudio
Es bien sabido que el tabaco es muy dañino para la salud del fumador y para quienes no lo son, cuando son forzados a inhalar el humo.
También es sabido que la Coca Cola —no en vano se utiliza para destapar cañerías— y los altos niveles de azufre y demás químicos del diesel que consumen los buses, afectan negativamente la salud de todos. Sin embargo, no hay campañas que reflejen cuántos químicos corrosivos entran a nuestros pulmones por la cantidad de automóviles que funcionan con diesel de pésima calidad. Los buses siguen rodando y las personas nos seguimos envenenado. Sería interesante ver cuántos cigarrillos equivalen a una descarga de humo de un bus urbano cada vez que éste acelera; en proporción, ¿cuántos cigarrillos consume aquel que espera dentro de la estación los 10 minutos de rigor?, ¿de qué manera afecta su sexualidad, su esperanza de vida?, ¿cuál la incidencia del azufre frente al cáncer de pulmón y demás enfermedades respiratorias?
Hubo un tiempo, no ha mucho, en que los fumadores se imponían. No había sitio prohibido para fumar y lo anormal eran los espacios libres de humo. En escasos 30 años todo cambió y hoy fumar es uno de los peores pecados laicos que existen. So pretexto de la salud pública, del daño que se le hace a los fumadores pasivos, etc., a lo largo de los años se ha ido restringiendo el consumo y la venta libre de cigarrillo. Si la prohibición ha llegado a límites que otrora considerábamos inimaginables, –huelga decirlo– no es tanto por la salud pública sino por los costos que el vicio supone para el Estado y por un preocupante ánimo moralizador y puritano que comienza a enseñorearse del Estado moderno, cuyo nuevo y discutible emblema es el de la prohibición.
Todas las medidas adoptadas buscan desestimular el consumo del tabaco y lo están logrando. El Estado y las empresas invierten toneladas de dinero en campañas, procesos legislativos, etc., so pretexto de proteger el bien común. Pero las restricciones han ido demasiado lejos: Hoy, por ejemplo, se le impide a cientos de miles de personas vender cigarrillos al menudeo y de esta forma aportar un adarme a sus precarias economías, afectándolas drásticamente.
Si de salud pública se tratara, bien se haría en prohibir a los adultos comer comida chatarra –así lleve el sello de prestigiosos chefs– frente a sus hijos. Todo este despliegue del Estado puritano contra el tabaquismo tiene que ver más con la construcción de una idea de enfermedad que, antes que física, se relaciona con la imagen de un consumidor menos racional que el de la cultura light de lo saludable. Bajo esta luz, el fumador aparece como un consumidor del pasado y aquel que se cree ciudadano del futuro ejerce el reproche como un acto de caridad para con el otro. Mientras tanto, las cajitas felices impúdicamente alistan a nuestras nuevas generaciones para ser parte del ejército de la obesidad y los problemas coronarios prematuros.
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