Opinión |21 Nov 2012 - 11:00 pm
Destetarse del conflicto
Por: Mauricio Rubio
“Mi adicción es la pandilla” le confesaba un marero salvadoreño a un periodista, revelando escuetamente una faceta de la violencia que no se discutirá en La Habana y es la de la dependencia adictiva, el enganche que provocan las bandas entre sus guerreros.
Robert Brenneman, sociólogo norteamericano, ha estudiado de cerca la conversión de los pandilleros centroamericanos en hermanos evangélicos. En uno de los mejores libros disponibles sobre maras y pandillas, describe las diferencias entre los pastores protestantes y la Iglesia católica para enfrentar la violencia juvenil en la región. Los primeros carecen de personal capacitado y asalariado. No disponen de financiación oficial. Su fuerza se basa en contactos directos y habilidad para relacionarse con los vecinos y jóvenes del barrio. Los programas católicos, por el contrario, están inmersos en una gran burocracia. Las estrategias de rehabilitación de pandilleros difieren sustancialmente. Entre los evangélicos, el desafío se descompone en una suma de pequeños logros individuales, como sacar a un marero concreto del grupo que opera en el barrio e impedir que vuelva a caer en la droga, el alcohol o la violencia. El objetivo de las intervenciones católicas es más vago y ambicioso: alterar las condiciones sociales que empujaron a los jóvenes a las pandillas.
El método de los evangélicos para recuperar mareros es similar al que se emplea en otros ámbitos para desintoxicar. Se busca el destete de la adicción, como gráficamente se denomina ese proceso en francés. La médula del programa de los doce pasos de Alcohólicos Anónimos, por ejemplo, es que al ingresar al grupo, con el apoyo de todos, empieza una nueva vida. Entre expandilleros convertidos, este afán es explícito en su voluntad de abandonar por completo la vida loca. Sin medias tintas: no se puede ser un poquito menos alcohólico o violento, toca dejar de serlo. “Salir de la pandilla es como si volvieras a nacer”.
Las negociaciones en Cuba tienen un talante más católico que evangélico. Las trascendentales discusiones sobre cambios sociales opacan el punto crítico de la reintegración a la vida civil de esos guerreros que, reclutados cada vez menores, hace rato parecen mareros sin tatuajes. El país cuenta con varias cohortes de adictos al conflicto por las vías más tradicionales y tenaces: dinero, sexo y poder.
La mecánica de plenipotenciarios y equipos de apoyo en La Habana no permite vislumbrar cómo es que las disertaciones sobre desarrollo agrario integral contribuirán a que los violentos logren destetarse. Es mal síntoma no poder siquiera interpretar una tregua o que los líderes farianos vengan ahora con que nunca se excedieron, que no se arrepienten, que no necesitan cambiar.
* Mauricio Rubio
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