Por: Nicolás Rodriguez

El asunto de las víctimas

Al margen de lo desafortunado que pueda resultar escucharles decir a los voceros de las Farc que las víctimas son un asunto “intrascendental”, se abre una pregunta que no suele hacerse muy a menudo: ¿en qué momento se convirtieron las víctimas en un “asunto”?

Como se recordará, durante los gobiernos de Uribe hubo todo tipo de impedimentos a la posibilidad de una ley de víctimas. Eran tiempos duros en los que se leían declaraciones como que moralmente hay diferencias entre una víctima del ejército y una de la guerrilla o el paramilitarismo.

Ahora las cosas han cambiado. El deber ser de las víctimas se enmarca en una suerte de universalismo que nos dice que en principio todas las víctimas de la violencia revisten algún grado de relevancia. Con todo, incluso en épocas uribistas de diferenciaciones entre víctimas, es claro que éstas (o por lo menos algunas de éstas) ya eran un “asunto”. Luego hay que echar para atrás.

En los años cincuenta, para usar un ejemplo, hay referencias directas al concepto de víctimas por aquí y por allá: “la víctima es el campesinado”, se solía decir ante los 200 o 300.000 muertos que dejó la época de la violencia partidista. Sin embargo, los artífices del Frente Nacional no les asignaron ningún rol en los pactos de paz con que se le intentó poner fin a la violencia entre liberales y conservadores. Algo pasó, es claro, desde entonces. La mirada cambió. Se lo puede pensar a partir de la consolidación de los Derechos Humanos, del DIH o del humanitarismo, pero el punto es que las víctimas se convirtieron en un “asunto”.

Y ese proceso, del que las Farc no acusan recibo, es claramente una construcción histórica. Vale decir: un proceso inacabado que permite que, como en tiempos de Uribe, todavía existan unas víctimas que importan más que otras. Las Farc niegan las suyas, a su manera, y el gobierno hace lo propio con su fuero militar.

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