Opinión |25 Nov 2012 - 11:00 pm
La columna de Peláez
Sin luces
Por: Hernán Peláez Restrepo
Los equipos llamados grandes de Medellín se fueron en blanco en la jornada sabatina, recibieron cinco goles y no consiguieron nada en el arco contrario.
En cambio los modestos, Itagüí y Equidad, sin gran afición por ser aún imberbes en el ámbito profesional, se las arreglaron para dejar este grupo al cierre de la primera vuelta lleno de incertidumbre y de paso demostraron que nadie le gana a nadie con la sola camiseta.
Nacional, con esa cambiadera de alineación, no da tiempo a la continuidad de un determinado grupo de jugadores. O el técnico Osorio, por el numeroso plantel, aún no sabe quiénes deben ser no solamente los titulares, sino cuáles entienden sus recomendaciones. Respeto esa costumbre de anotar y anotar en una libretica, pero eso demuestra que no tiene tiempo de disfrutar del partido o al menos darse cuenta de cómo mejorar al instante el funcionamiento, porque las anotaciones en caso tal deben servir para el siguiente partido o quizás para el entretiempo. Mientras se agacha a escribir, casi con seguridad pierde el hilo de lo que está pasando.
Sería mejor para él ver la grabación en silencio y en solitario y apreciar los errores, mientras para la filmación (pause que llaman) y ahí con serenidad señala errores y diagnostica soluciones.
Caso contrario y tampoco sirve lo que hace desde el banco Bolillo: como buen lector de juego que es, cae en la tentación de dejar así, porque percibe que quienes juegan de rojo no se acercan al arco, patean poco y sufren jugando. Equidad al meno tuvo la tranquilidad de hacer su ‘jugado’ con Stalin Motta y Palacios, y la presencia de Quintero y confiando en Carmelo, que como aquel Carmelo que está en el cielo, se dio el gusto de aparecer para cerrar el partido.
Y viene la gran preocupación: ¿Por qué se juega mal? La respuesta es sencilla. Porque los jugadores en su mayoría en nuestro medio son trabajadores de fútbol, que es diferente a jugadores de fútbol, porque los trabajadores cumplen misiones de marca, de obstrucción, de corretear, de sudar la camiseta, de cumplir con el maligno principio de no perder. Los verdaderos futbolistas deben jugar, divertirse, hacer del balón un amigo, hacer triangulaciones no en la mitad del campo, sino cerca del arquero contrario. Deben pensar en la asociación con un compañero, comprender que en el fútbol sigue valiendo aquello de jugar de afuera hacia adentro por encima de todo, disfrutar y no sufrir. Esto último es reservado para los hinchas y aprovechar, si existe, algún jugador de talento, sea con pase-gol o visión, y estar pendiente de él.
Algunos partidos están resultando, como ocurrió hace años en el defensivo fútbol de Italia, donde tomó estado una reflexión: los juegos eran tan aburridos y previsibles, que uno podía ir a la nevera, tomarse un refresco, buscar una fruta, demorarse cinco minutos y volver, y el partido seguía igual. Dios quiera no lleguemos allá, pero nos estamos arriesgando.
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Hernán Pelaéz Restrepo | Elespectador.com
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