Por: Eduardo Barajas Sandoval

Los desvaríos de Salomón

El fallo contradictorio que le negó a Nicaragua sus argumentos jurídicos, para reconocer los de Colombia, pero le adjudicó a la primera una enorme porción de mar en virtud de consideraciones subjetivas, como las que fundamentan las decisiones basadas no en derecho sino en equidad, marca un precedente que puede llevar a que en cualquier parte del mundo se replanteen fronteras que se pudiesen considerar injustas, siempre y cuando uno u otro país se deje llevar ante la Corte Internacional de Justicia.

Al establecer la frontera marítima la Corte ratificó la soberanía de Colombia sobre todas las islas y cayos en virtud del principio de la efectividad, esto es por haber ejercido soberanía sobre ellos, pero no lo hizo sobre el mar, como si Colombia hubiera ejercido esa soberanía desde el aire y hubiera estado ausente de las zonas que terminó adjudicando a Nicaragua. Para colmo de males, sin explicación alguna, pero eso sí como premisa de su distribución de áreas marítimas, dijo que Quitasueño, Serranilla y Bajo Nuevo, a pesar de ser colombianas, no podían ser consideradas como relevantes para efectos de dibujar la frontera.

Al desconocer la validez del “uti possideti juris”, esto es de las delimitaciones establecidas por la corona española entre las secciones del continente americano a la hora de la independencia, la Corte sentó un precedente que puede promover el desorden de las fronteras de la América hispana, porque son varios los contenciosos que se pueden desatar a partir de la inutilidad del concepto.

Al aplicar a Colombia las normas de la Convención del Mar, que no ha suscrito, con el argumento de que son parte del derecho internacional consuetudinario, la metió de hecho y sin su voluntad en el marco de dicha convención, y por ese camino les fue advirtiendo a todos los no signatarios que da lo mismo que en virtud de su soberanía la quieran reconocer o no. La advertencia, por supuesto, no les hace nada a las grandes potencias, que no acostumbran dejarse llevar ante los estrados judiciales.

Como todo el mundo lo pudo ver, gracias a la trasmisión en directo, el método establecido para señalar la delimitación se desarrolló en etapas que al principio coincidían de alguna manera con las peticiones de la defensa colombiana, es decir al oeste del Archipiélago y del Meridiano 82. Pero súbitamente apeló a la proporcionalidad, esto es a la comparación entre la extensión de la costa nicaragüense, otrora también colombiana, y la de nuestras islas, y se lanzó, al estilo de Salomón, a inventarse unas entradas en el mar, hacia el Oriente y en aguas que fueron siempre colombianas, para darle a Nicaragua lo que quería, que era un poco más de mar, con base en el principio de equidad.

Lo sorprendente del caso es que una corte ante la que se acude a defender derechos, con base en argumentaciones jurídicas, opte por desatender los argumentos jurídicos, luego de reconocerlos, y falle con base en consideraciones que la llevaron de una línea media, que era la que correspondía en derecho, y el que había pedido Colombia, a una línea arbitraria señalada, según su capricho, por lo que vino a llamar equidad.

Muchos colombianos quedamos con la impresión de que quienes salieron en cuestión de minutos a opinar sobre el extenso fallo, tal vez sin haberlo leído cuidadosamente, y con tal de decir algo, decidieron echarles a los defensores de Colombia la culpa de su contenido, como si lo hubieran podido evitar, a pesar de que se basó en criterios por fuera de lo usual. Si hubieran leído además los extensos y minuciosos alegatos que presentó Colombia en las audiencias del juicio, y que figuran desde hace meses, abiertos al escrutinio público, en la página de la Corte, seguramente hubieran dirigido sus furias en otra dirección.

El rumbo que parece tomar la Corte Internacional de Justicia hace pensar que se apartará cuando sea necesario de las consideraciones exclusivamente jurídicas para apelar al concepto de la equidad, que no tiene reglas previas y permite al juzgador obrar conforme a su propio criterio. Y como la equidad absoluta no existe sino como ideal y es siempre difícil de aterrizar, o acuatizar, en términos concretos, es muy posible que los fallos tomados con esa consideración, eminentemente subjetiva, terminen por ser equitativos para unos e inequitativos para otros. El ejemplo más elocuente es el de los enclaves de Quitasueño y Serrana, establecidos porque sí.

Y a propósito de enclaves, un comentario final, inevitable: el fervor patriótico que se ha manifestado por unos injustos enclaves colombianos en aguas ahora nicaragüenses según la Corte Internacional de Justicia, lleva años durmiendo ante la creciente adjudicación de enclaves extranjeros en nuestro propio territorio, no todos equitativos para nuestros intereses y los de las futuras generaciones.

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